Escribir mientras dudas de ti mismo
Hay días en los que escribir parece fácil.
Las frases salen, los personajes responden, la escena avanza y uno tiene la sensación de saber perfectamente lo que está haciendo.
Y luego están los otros días.
Los que te sientas delante del ordenador, relees lo escrito y piensas que quizá no tienes ni idea de escribir.
No siempre se escribe desde la seguridad.
A veces se escribe desde la intemperie.
Desde ese lugar incómodo en el que uno duda de una frase, de una escena, de un personaje, de una novela entera y, si el día viene especialmente torcido, hasta de sí mismo.
Creo que esa parte del oficio se cuenta poco.
Se habla mucho de disciplina, de técnica, de estructuras narrativas, de construcción de personajes o de cómo encontrar una voz propia. Todo eso importa, claro.
Pero hay algo más difícil de enseñar:
cómo seguir escribiendo cuando no estás seguro de que lo que haces merece la pena.
A mí me ocurre.
Hay momentos en los que termino una escena y me gusta. La releo al día siguiente y ya no tanto. Una semana después vuelvo a encontrarle sentido. Y, al cabo de un mes, pienso que quizá habría que cambiarla entera.
No sé si eso es inseguridad o simplemente escribir.
Probablemente, un poco de las dos cosas.
El problema empieza cuando la duda deja de servir para mejorar el texto y comienza a impedirte avanzar.
Porque dudar también es útil.
Una duda puede hacer que revises una escena que no funciona, que busques una palabra mejor o que descubras que un personaje está actuando porque lo necesita la trama y no porque realmente actuaría así.
Esa duda ayuda.
La peligrosa es otra.
La que dice:
Y esa voz tiene una particularidad bastante desagradable: siempre encuentra argumentos.
Si una publicación funciona mal, te dice que no interesas.
Si una novela vende poco, te recuerda las cifras.
Si lees a un escritor extraordinario, aprovechas para compararte.
Si recibes diez comentarios positivos y uno negativo, adivina cuál se repite en tu cabeza durante toda la semana.
Somos así.
O, al menos, yo lo soy.
Durante mucho tiempo pensé que los escritores con experiencia dejaban de sentir esas dudas. Que llegaba un momento en el que uno dominaba el oficio, se sentaba delante de la página y escribía con la tranquilidad de quien sabe exactamente lo que está haciendo.
Cada vez tengo más claro que no funciona así.
Quizá cambien las dudas.
Quizá uno aprende a convivir con ellas.
Pero no desaparecen.
Y, en realidad, tampoco sé si sería bueno que desaparecieran por completo.
Un escritor absolutamente convencido de todo lo que escribe probablemente dejaría de revisar, de escuchar y de aprender.
La inseguridad, en cierta medida, nos obliga a mirar dos veces.
El problema es cuando nos obliga a no mirar ninguna.
Cuando una página en blanco comienza a parecer una sentencia.
Cuando borramos antes de terminar.
Cuando dejamos una historia a medias porque hemos decidido que no merece la pena antes de darle la oportunidad de existir.
Hay que aprender a poner límites.
Yo intento hacerlo de una manera bastante sencilla: separar al escritor del editor.
Cuando escribo una primera versión, intento avanzar.
No siempre lo consigo, pero procuro no detenerme continuamente a juzgar cada frase. Hay momentos para corregir, pulir y eliminar. Pero si convierto cada párrafo en un examen, no termino nunca.
Me parece importante no confundir ambos momentos.
También he aprendido otra cosa: no todo lo que escribimos tiene que ser brillante.
Eso cuesta aceptarlo.
Nos gustaría que cada frase fuera memorable, que cada capítulo tuviera tensión, que todos los personajes fueran inolvidables.
Pero una novela se construye también con frases que simplemente hacen su trabajo.
Con escenas que unen otras escenas.
Con páginas que hoy parecen mediocres y mañana, después de corregirlas, encuentran su sitio.
La primera versión no tiene que demostrar que sabes escribir.
Tiene que existir.
Ya habrá tiempo después para convertirla en algo mejor.
Quizá esa sea una de las mejores maneras de convivir con la inseguridad: no exigirle a lo que acaba de nacer el aspecto de algo terminado.
Porque la comparación también nos hace mucho daño.
Leemos una novela publicada, corregida por el autor, revisada por editores y trabajada durante meses o años, y la comparamos con nuestro borrador del martes por la tarde.
Y, claro, perdemos.
Siempre vamos a perder esa comparación.
Lo mismo ocurre cuando observamos la trayectoria de otros escritores.
Vemos el libro publicado, la presentación llena, las reseñas, las fotografías, las ventas.
No vemos las versiones descartadas.
Las noches en las que estuvieron a punto de abandonar.
Las dudas.
Los manuscritos que quizá nadie quiso.
La inseguridad también se alimenta de comparar nuestro interior con el escaparate de los demás.
Y eso es bastante injusto.
No tengo una receta para dejar de dudar.
Si la tuviera, probablemente no estaría escribiendo esta «newsletter».
Pero sí he aprendido algo:
No hace falta sentirse seguro para seguir escribiendo.
Esa es quizás la idea que más me interesa.
No necesitamos sentarnos delante del ordenador convencidos de que estamos escribiendo una gran novela.
A veces basta con confiar en el proceso.
Volver a intentarlo.
Hay días en los que la confianza llega después del trabajo y no antes.
Y quizá eso también sea escribir.
Avanzar a pesar de la niebla.
No porque sepamos exactamente adónde vamos, sino porque quedarse quieto tampoco nos llevará a ningún sitio.
La inseguridad puede acompañarnos.
Lo que no podemos permitir es que nos expulse de la página.
¿Te ocurre algo parecido cuando intentas crear algo? ¿Necesitas sentirte seguro para empezar, o la confianza aparece después cuando ya estás en marcha?
Gracias por seguir al otro lado de la pantalla.
Nos leemos la próxima semana.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!