El cansancio de defender lo que has creado
Terminar una novela debería parecerse a cerrar una puerta.
Después de meses, a veces años, escribiendo, corrigiendo, dudando y volviendo sobre las mismas páginas, uno imagina que al publicar llegará cierta calma. Que el libro, por fin, comenzará a caminar solo.
Pero no ocurre así.
Publicar una novela no significa terminar el trabajo.
Significa empezar otro.
Uno menos literario, más visible y, en ocasiones, bastante más áspero.
Cuando el libro sale, comienza la fase de explicarlo, presentarlo, recomendarlo, resumirlo, defenderlo y recordar una y otra vez que existe. Hay que hablar de él en redes sociales, enviarlo a medios, contactar con librerías, preparar presentaciones, solicitar entrevistas y buscar nuevas maneras de contar lo mismo sin que parezca que estás contando siempre lo mismo.
Al principio, todo eso incluso ilusiona.
Después de tanto tiempo trabajando en silencio, apetece enseñar el resultado. Hace ilusión compartir la portada, anunciar la fecha de publicación, explicar cómo nació la historia o presentar a los personajes.
El problema aparece cuando esa promoción deja de ser una celebración y se convierte en una obligación permanente.
Porque un libro desaparece muy deprisa.
Durante unas semanas es una novedad. Después llegan otros lanzamientos, otras portadas, otros autores y otras campañas. La atención se desplaza y, de pronto, una novela en la que has invertido varios años parece antigua solo porque lleva unos meses publicada.
Entonces sientes que debes empujarla de nuevo.
Compartes una reseña.
Recuperas una fotografía de una presentación.
Publicas una frase del libro.
Hablas de la documentación.
Recuerdas que todavía puede comprarse.
Y, mientras lo haces, aparece una sensación incómoda: la de estar pidiendo constantemente atención.
No siempre es fácil distinguir entre promocionar una obra y justificarse por haberla escrito.
A veces temes resultar insistente.
Otras veces piensas que no estás insistiendo lo suficiente.
Ves a autores que publican a diario, participan en actos, aparecen en medios y consiguen mantener sus novelas visibles durante meses. Y uno se pregunta si debería hacer más.
Siempre parece que podría hacerse más.
Más vídeos.
Más publicaciones.
Más contactos.
Más presentaciones.
Más tiempo dedicado a recordar que el libro sigue ahí.
Ese es uno de los grandes desgastes de publicar: la sensación de que nunca puedes abandonar del todo una obra.
Mientras estás escribiendo la siguiente novela, todavía tienes que sostener la anterior. Mientras corriges un nuevo manuscrito, debes seguir hablando del libro publicado. Y mientras intentas recuperar las ganas de escribir, una parte de ti continúa atrapada en la promoción.
La obra ha terminado, pero la responsabilidad sobre ella no.
También existe otro cansancio, más difícil de explicar.
El de escuchar opiniones.
Cuando una novela se publica, deja de pertenecerte por completo. Cada lector la interpreta a su manera. Algunos se emocionan con escenas que tú considerabas secundarias. Otros pasan por alto aquello que te costó semanas resolver. Hay quienes señalan errores, quienes cuestionan decisiones y quienes explican lo que, según ellos, deberías haber escrito.
Eso forma parte del oficio.
Publicar implica aceptar que ya no controlas la lectura.
Pero aceptar no significa que siempre resulte sencillo.
La novela puede recibir elogios y, aun así, una sola crítica quedarse dando vueltas en la cabeza durante varios días. Puede vender bien y parecerte poco. Puede recibir buenas reseñas y no alcanzar la visibilidad que esperabas.
Y entonces vuelves a defenderla.
Explicas que está documentada.
Que determinados hechos ocurrieron así.
Que aquella decisión narrativa era consciente.
Que el personaje tenía que comportarse de esa manera.
Aunque, en realidad, un libro no debería necesitar que el autor permaneciera eternamente a su lado explicándolo.
En algún momento tendría que sostenerse solo.
Pero llegar a ese punto no siempre depende únicamente de la calidad.
Depende de la distribución, de la promoción, de las librerías, de los medios, de las recomendaciones, del momento en que aparece y de esa mezcla extraña de trabajo, oportunidad y suerte que rodea al mundo editorial.
Por eso defender una novela puede llegar a ser agotador.
No porque uno deje de creer en ella, sino precisamente porque cree demasiado.
Porque sabe cuánto trabajo contiene.
Porque recuerda cada renuncia, cada noche de escritura y cada duda.
Porque siente que si deja de hablar del libro, este desaparecerá.
Quizá uno de los aprendizajes más difíciles del oficio consista en comprender que defender una obra no significa estar hablando siempre de ella.
También es defenderla y no parar de escribir.
Construir una trayectoria.
Confiar en que algunos libros encuentran a sus lectores despacio.
Aceptar que no todo puede medirse durante las primeras semanas.
Y entender que una novela no fracasa solo porque no esté ocupando constantemente el centro de la conversación.
Hay libros que hacen ruido al salir y se olvidan pronto.
Otros avanzan lentamente, de lector en lector, casi en silencio.
Tal vez publicar consista también en aprender a soltar.
En acompañar la obra durante un tiempo, darle todas las oportunidades posibles y, después, permitirle encontrar su propio camino.
Aunque cueste.
Aunque sintamos que todavía necesita que salgamos a defenderla.
Aunque al mirar hacia atrás sigamos viendo no solo un libro, sino todo lo que dejamos dentro de él.
¿Crees que un escritor debe hablar constantemente de sus libros, o prefieres descubrirlos de una manera más natural?
Gracias por seguir al otro lado de la pantalla.
Nos leemos la próxima semana.
Antonio de Rosa
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!