Presentaciones con aplausos y ventas discretas
Hay actos que salen bien y, sin embargo, dejan una pregunta incómoda cuando vuelves a casa.
La sala estaba llena. La gente escuchó con atención. Hubo preguntas, sonrisas, fotografías y aplausos. Incluso alguien se acercó al terminar para decirme que le habían entrado ganas de leer la novela.
Todo parecía haber funcionado.
Sin embargo, al recoger los libros de la mesa, la realidad era bastante más discreta de lo que sugería el ambiente.
Las ventas no habían sido malas, pero tampoco guardaban relación con la cantidad de personas que habían asistido. Y fue entonces cuando apareció esa pregunta que, tarde o temprano, acompaña a casi todos los escritores:
¿Qué significa realmente que una presentación haya salido bien?
Durante mucho tiempo pensé que el éxito de una presentación podía medirse con facilidad. Cuantas más personas asistieran y más libros se vendieran, mejor habría funcionado el acto. Era una cuenta sencilla, casi matemática.
Pero la realidad rara vez se deja encerrar en una hoja de cálculo.
Hay personas que acuden porque te conocen. Otras quieren escuchar una conversación sobre literatura, pero no compran libros en ese momento. Algunas ya tienen la novela. Otras prefieren adquirirla más adelante o pedirla en una biblioteca. Incluso hay quien sale encantado, comenta la presentación con varios amigos y nunca llega a leer el libro.
Eso puede resultar frustrante, sobre todo cuando has dedicado horas a organizar el acto, contactar con medios, preparar la intervención, desplazarte y cargar cajas de ejemplares.
Porque una presentación también tiene una trastienda.
Hay llamadas que nadie ve, carteles que apenas circulan, mensajes que quedan sin respuesta y nervios que empiezan varios días antes. Hay que procurar que todo parezca natural cuando, en realidad, llevas semanas intentando que alguien se acuerde de que aquel día vas a hablar de tu novela.
Después llega el acto.
Te sientas frente al público, hablas de los personajes, del proceso de documentación y de los años que has dedicado a construir la historia. La gente escucha, asiente y aplaude.
Y tú agradeces cada gesto, porque sabes que nadie está obligado a estar allí.
El problema comienza cuando confundimos el aplauso con una venta aplazada.
No siempre lo es.
Un aplauso puede significar que la charla ha sido amena. Una fotografía puede ser solo un recuerdo. Un comentario amable no implica necesariamente que esa persona vaya a comprar el libro. Y una sala llena no garantiza que la novela vaya a salir de allí con nuevos lectores.
Entonces, ¿ha fracasado la presentación?
No necesariamente.
Quizá el error esté en exigirle al acto una única función: vender.
Una presentación también puede servir para que una librería conozca mejor tu trabajo, para que un periodista recuerde tu nombre, para encontrarte con lectores antiguos o para que alguien que no te conocía empiece a seguirte. Puede sembrar una conversación que dé fruto varias semanas después.
El problema es que esas consecuencias son difíciles de medir.
Las ventas se cuentan. La confianza, no.
Y, aun así, tampoco quiero caer en el consuelo fácil de decir que todo sirve y que los libros vendidos no importan. Importan. Escribir es una vocación, pero publicar también implica una realidad económica. La editorial necesita vender, la librería necesita vender y el autor quiere comprobar que su trabajo encuentra lectores.
Lo difícil es aprender a sostener las dos verdades al mismo tiempo.
Una presentación puede ser maravillosa y vender poco.
Puede dejarte satisfecho como escritor y preocupado como autor publicado.
Puede regalarte una conversación inolvidable y, al mismo tiempo, hacerte volver a casa con la mayoría de los ejemplares dentro de la caja.
A veces el éxito está en las ventas. Otras, en la relación que comienza allí. Y algunas noches, aunque cueste aceptarlo, la única victoria consiste en haber hablado de tu libro delante de personas que decidieron dedicarte una parte de su tiempo.
Quizá una presentación funcione cuando logra que la novela deje de ser solo tuya, aunque todavía no se note en las cifras.
Yo sigo aprendiendo a medirlo.
Por aquí te dejo los enlaces a mis novelas por si te apetece leer alguna de ellas, si no, con tenerte al otro lado leyéndome cada semana, ya es un regalo
¿Alguna vez has asistido a una presentación literaria y has terminado comprando el libro días o semanas después?
Gracias por seguir al otro lado de la pantalla.
Nos leemos la próxima semana, donde hablaremos de algoritmos y qué hacen por nosotros (o qué no hacen
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