Cuando pones el punto y final
La trastienda emocional de una novela
Hay un momento extraño cuando terminas una novela.
Durante meses —a veces años— has convivido con unos personajes que solo existían para ti. Has decidido dónde viven, qué temen, a quién aman, cuándo mienten y qué están dispuestos a perder. Has pasado más horas con algunos de ellos que con personas reales.
Y un día escribes la última palabra. Punto final. En teoría, deberías sentir alivio. Pero no siempre ocurre.
Porque terminar una novela no significa que la historia haya terminado dentro de ti.
A veces es justo entonces cuando empiezas a descubrir todo lo que ha dejado.
Lo que el lector nunca ve
El lector recibe un libro terminado, no ve las versiones anteriores. No conoce aquel capítulo que desapareció después de varias semanas de trabajo ni sabe que un personaje tuvo otro nombre durante medio manuscrito. Tampoco imagina las escenas que escribiste convencido de que eran magníficas y que, meses después, eliminaste sin contemplaciones.
Y probablemente sea mejor así. El lector no necesita conocer los andamios, pero el escritor sí los recuerda. Los días buenos y, sobre todo, algunos de los malos. Las tardes en las que una escena no funcionaba. Las búsquedas específicas en internet a horas intempestivas. Los momentos en los que la historia se quedó parada y que quizás no sabrías terminarla.
También quedan recuerdos que no pertenecen exactamente a la novela. Porque mientras escribimos, la vida sigue ocurriendo y acaba filtrándose entre las páginas.
Hay capítulos que siempre me recuerdan el lugar donde los escribí. La mayoría en mi estudio, delante de mi ordenador. Pero hay otras escenas que escribí en una silla tomando el fresco de la tarde en mi pueblo. Otras durante una espera en las extraescolares de los niños. O la última de la novela que estoy terminando: en la playa.
Escenas asociadas a un determinado momento de mi vida. Incluso preocupaciones personales que nunca aparecen explícitamente en el libro pero que, de alguna manera, están ahí. El lector no puede verlas. Yo sí.
Cuando los personajes dejan de pertenecerte
Después llega la publicación y ocurre algo todavía más extraño. La novela deja de ser solo tuya. Hasta ese momento puedes cambiar cualquier cosa.
Puedes matar a alguien, salvarlo, modificar una conversación, eliminar cincuenta páginas o decidir que aquello que parecía fundamental ya no sirve.
Pero llega un día en el que el libro se imprime. Y entonces se acabó: lo escrito queda escrito. Los personajes salen de casa y empiezan a pertenecer también a los lectores. Eso tiene algo maravilloso y algo inquietante, porque los lectores descubren cosas que tú no habías previsto. Uno te dice que su personaje favorito es alguien al que tú considerabas secundario. Otro interpreta de una manera completamente diferente una escena que para ti tenía un significado clarísimo. Hay quien se emociona justo en un momento que nunca pensaste que pudiera emocionarle. Y entonces comprendes algo importante:
la novela que escribiste y la novela que cada lector lee no son exactamente la misma.
Cada persona completa la historia con su propia experiencia, y ahí el escritor pierde el control. Creo que esa pérdida forma parte de publicar, pero cuesta acostumbrarse.
El extraño vacío después del final
Hay otro sentimiento del que se habla poco: el vacío.
Has vivido durante muchísimo tiempo pensando en una historia.
Una parte de tu cabeza sigue buscando soluciones, imaginando escenas o recordándote que tienes que comprobar determinado dato histórico.
Y de repente ya no hace falta, la novela está terminada. Es como abandonar una casa en la que has vivido durante mucho tiempo. Sabes que era el momento de marcharte, pero todavía recuerdas dónde crujía el suelo.
Supongo que por eso muchos escritores empezamos pronto otra historia. No sé si siempre es porque tengamos algo nuevo que contar, quizá a veces simplemente echamos de menos tener un lugar al que volver.
Después llegan las opiniones
Y entonces empieza otra fase. El libro ya está ahí fuera y comienza a regresar convertido en opiniones.
Uno piensa que está preparado para escuchar cualquier cosa, aunque no siempre es verdad. Las opiniones positivas alegran, por supuesto. Muchísimo.
Cuando alguien te dice que una escena le ha emocionado o que ha buscado información sobre un acontecimiento histórico porque quería saber qué había de verdad en lo que acababa de leer, sientes que parte de todo aquel trabajo ha merecido la pena.
Pero también existe una extraña vulnerabilidad, porque el lector está opinando sobre un libro. Tú lo sabes.
Sin embargo, durante años ese libro ha formado parte de tu vida y separar ambas cosas no siempre resulta sencillo. Con el tiempo se aprende, o eso espero.
Hay cosas que se quedan dentro
Creo que cada novela deja algo. No necesariamente una enseñanza extraordinaria. A veces simplemente una forma distinta de mirar determinado lugar, un personaje que recuerdas con cariño, una investigación que despertó una curiosidad nueva o una escena que todavía te emociona aunque la hayas leído cincuenta veces.
También deja cansancio, dudas, errores que ahora ves con claridad y esa inevitable pregunta que aparece cuando todo termina:
¿Habría podido hacerlo mejor?
Seguramente sí, siempre podríamos hacerlo mejor. Esa es probablemente una de las razones por las que seguimos escribiendo. La siguiente novela contiene todo lo que aprendimos en la anterior. Y también nuevos errores que todavía no sabemos que estamos cometiendo.
Dejar marchar una historia
Quizá escribir una novela consiste también en aprender a despedirse.
Primero la construyes, después la corriges, la proteges, la defiendes, intentas que encuentre lectores y, finalmente, tienes que aceptar que ya no puedes acompañarla siempre.
Hay un momento en el que toca dejarla caminar sola mientras tú empiezas otra historia, pero nunca se marcha del todo. Porque el lector se lleva el libro y el escritor se queda con la trastienda, con las escenas que no entraron, con las dudas, con las madrugadas, con las pequeñas victorias y con todo aquello que nadie encontrará impreso en ninguna página.
Quizá esa sea la parte invisible de escribir una novela: cuando el libro llega a manos del lector, la historia empieza para él.
Para el escritor, en cierto modo, acaba de terminar y queda aprender a convivir con lo que ha dejado dentro.
Cuando terminas una novela que te ha marcado, ¿te cuesta despedirte de sus personajes o cierras el libro y pasas rápidamente a otra historia?
Gracias por seguir al otro lado de la pantalla.
Nos leemos la próxima semana.
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