Lo que no se ve en una firma de libros
Desde fuera, una firma de libros parece una escena sencilla.
Y, si todo va bien, una pequeña fila de lectores esperando su turno. Es una de esas imágenes que asociamos fácilmente con la vida de escritor. Casi una estampa idealizada del oficio. Pero hay muchas cosas que no salen en la fotografía.
Y tampoco se ve esa pregunta que, aunque uno intente ignorarla, aparece siempre en algún momento:
¿Vendrá alguien?
Antes de sentarse
Una firma empieza mucho antes de que el autor ocupe su mesa.
Empieza cuando alguien propone la fecha.
Cuando la librería confirma el acto.
Cuando comienza la promoción.
Cuando compartes el cartel en redes sociales y esperas que tenga algo de recorrido.
Cuando escribes a conocidos.
Cuando intentas avisar sin parecer pesado.
Cuando vuelves a compartirlo porque sospechas que la primera publicación no la vio casi nadie.
Y ahí comienza una sensación bastante curiosa. Quieres que venga gente. Pero tampoco quieres tener la impresión de estar suplicando que venga gente. Ese equilibrio no siempre es sencillo. Los escritores vivimos constantemente en esa contradicción.
Tenemos que promocionarnos, pero sin parecer demasiado promocionales.
Tenemos que hablar de nuestros libros, pero sin cansar.
Tenemos que mostrarnos orgullosos de lo que hemos hecho, pero procurando que no parezca arrogancia.
Y una firma de libros concentra todo eso en unas pocas horas.
La primera media hora
Después llega el momento.
Te sientas. Colocas los ejemplares. Hablas con el librero. Compruebas el teléfono. Miras hacia la calle en ambas direcciones. Intentas aparentar normalidad. Y entonces pasan cinco minutos, después diez, quizá quince. No ocurre nada; no significa que la firma vaya a salir mal, pero esos primeros minutos pueden hacerse larguísimos. Uno empieza a inventar explicaciones:
Todavía es pronto.
La gente estará aparcando.
Quizá no han visto bien la hora.
Hoy hace demasiado calor.
O llueve.
O juega el equipo de fútbol.
O hay otro acto en el pueblo.
Cualquier explicación sirve para mantener cierta tranquilidad. Mientras tanto, sigues sonriendo, porque estás en el stand de una librería, porque hay gente alrededor, porque tampoco quieres que parezca que estás haciendo guardia junto a tus propios libros.
Entonces llega alguien
Y aparece el primer lector, no importa demasiado quién sea. En ese momento parece la mejor persona del mundo, te acercan el libro, preguntan si puedes dedicarlo y ocurre algo que siempre me ha parecido especial:
Tienes que escribir unas palabras para alguien que ha decidido comprar una historia que tú has pasado meses o años construyendo.
No siempre sabes qué poner. «Con cariño» parece poco. «Espero que disfrutes de la lectura» puede sonar automático después de escribirlo varias veces.
Así que preguntas.
¿Para quién es?
¿Te gusta la novela histórica?
¿Conoces alguno de mis otros libros?
Y, poco a poco, aquella firma deja de ser una venta.
Se convierte en una conversación.
Creo que esa es una de las partes más bonitas de estos actos.
Durante la mayor parte del proceso de escritura, el lector es una idea abstracta, escribes para alguien que todavía no conoces.
En una firma, ese lector aparece delante de ti: tiene nombre, tiene voz, te cuenta qué le gusta. A veces incluso te explica qué sintió leyendo una novela anterior y, de repente, todo aquel trabajo silencioso tiene una cara.
Pero también existen los huecos
Después ese lector se marcha y quizá no llega nadie durante un rato. Ahí vuelve el silencio. No todas las firmas tienen colas. No todas las mesas están rodeadas de personas. Y creo que conviene decirlo, porque las redes sociales suelen enseñarnos solo una parte: La fotografía de la fila, el momento en el que hay varias personas esperando, los libros firmados, las sonrisas. Nunca vemos los veinte minutos anteriores en los que no pasó absolutamente nada. Y eso puede generar una imagen bastante falsa de cómo funciona este mundo. Vemos a otros autores firmando y pensamos:
“A él le va mejor".
“Tiene más lectores.”
“Yo debería conseguir algo parecido.”
Pero estamos comparando nuestra experiencia completa con los diez segundos que otra persona ha decidido publicar. Y esa comparación siempre es injusta.
Hay algo todavía más extraño
Puede pasar alguien delante de la mesa: mira la portada, lee el título, se acerca, coge el libro, lee la contraportada y tú intentas no mirar. Porque sabes que, si lo observas demasiado, quizá se sienta incómodo. Así que finges consultar el teléfono, pero sabes perfectamente lo que está haciendo. El lector deja el libro y se marcha. No ocurre nada. Es completamente normal. No todos los libros interesan a todo el mundo. Pero durante un segundo aparece una pequeña decepción, es absurdo, esa persona no te debe nada, ni siquiera sabe quién eres. Sin embargo, por un instante habías imaginado que quizá compraría la novela. Creo que esas pequeñas expectativas también forman parte del oficio.
El número de libros
Cuando termina una firma siempre aparece una cifra: ¿Cuántos se han vendido?
Tres.
Siete.
Quince.
Treinta.
La que sea.
Y resulta muy difícil no convertir ese número en una valoración del acto. Si son muchos, pensamos que ha ido bien. Si son pocos, sentimos que quizá hemos fracasado. Pero cada vez tengo más dudas sobre esa forma de medirlo. Por supuesto que vender importa. La librería quiere vender. La editorial quiere vender. Y el escritor también.
No voy a caer en ese romanticismo de decir que las ventas no importan. Importan. Pero quizá no cuentan toda la historia. Porque hay una persona que compra tu libro después de hablar contigo y recomienda la novela a tres amigos. Hay alguien que no compra aquel día pero recuerda el título y lo busca semanas después. Hay un lector que ya tenía el libro y se acerca simplemente para conocerte. Y hay conversaciones que no aparecen en ninguna estadística.
Lo que uno se lleva a casa
Al terminar, recoges el bolígrafo, cierras las cajas, te despides del librero y vuelves a casa. Entonces empieza inevitablemente el balance:
Podría haber venido más gente.
Podría haber vendido más.
Quizá debería haber promocionado mejor el acto.
Quizá el horario no era bueno.
Quizá…
Los escritores somos extraordinariamente hábiles buscando aquello que podría haber salido mejor. Pero también hay que recordar otra cosa.
Alguien salió de su casa para ir a verte.
Alguien decidió gastar dinero en una historia que tú escribiste.
Alguien quiso que pusieras su nombre en la primera página.
Y eso, aunque ocurra una sola vez, sigue teniendo algo extraordinario.
Quizá una firma no sea lo que imaginábamos
Cuando uno empieza a escribir, imagina ciertos momentos: el libro publicado, la presentación, la librería, la firma. Y, probablemente, los imaginamos siempre con mucha gente. Luego descubres que la realidad es más irregular: hay días fantásticos y otros discretos. Y algunos en los que te preguntas qué haces sentado detrás de aquella mesa.
Pero quizá una firma de libros no consista realmente en estar rodeado de lectores. Quizá consista en poder conocer a algunos de ellos, aunque sean pocos. Porque escribir es un trabajo extraño. Pasamos meses hablando con personajes que no existen para terminar sentados frente a personas reales que quieren hablar con nosotros sobre ellos.
Y cuando lo pienso así, incluso aquellas firmas más discretas adquieren otro significado. La fotografía seguirá mostrando una mesa, unos libros y una sonrisa. Pero detrás habrá nervios, expectativas, silencios, alguna decepción. Y, con un poco de suerte, una conversación que nos recuerde por qué empezamos a escribir.
Hoy me ha pasado una cosa preciosa:
Estaba en la librería comprando el material escolar y los libros de mis hijos cuando aparecen dos chicas jóvenes (edad de final de instituto, quizás algo más) con su madre. Una de ellas lleva dos libros. Reconozco en uno de ellos El secreto del Nazareno. Le digo yo:
—Si quieres, el de abajo te lo puedes llevar firmado.
La cara de la chica pasó de la estupefacción a la sorpresa en dos segundos, en cuanto se percató de que no estaba bromeando. Y seguí:
—Además, si te gusta este, tienes aquí la continuación —dije, señalando el lomo de El anillo de Boabdil.
La madre tomó el libro y lo abrió por las solapas y comprobó que la fotografía coincidía con el hombre con el que estaba hablando.
Se lo ha llevado firmado, por supuesto.
Ella se fue diciendo que le había hecho mucha ilusión, aunque no me conocía de antes. Y le transmití que a mí también me hacía muchísima ilusión esa bonita casualidad.
Gracias por seguir al otro lado de la pantalla.
Nos leemos la próxima semana.
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