172162933.una-carta-cambio-mi-vida.html
🗞️ Entre luz y tinta
Edición semanal — Misterios que despiertan la memoria
✒️ Relato de la semana
La carta
Lo vi venir de frente, aunque no lo reconocí. No en vano habían pasado más de veinte años desde la última vez que nos vimos. «Me alegro de verte, Antonio», me dijo. Al ver mi cara de extrañeza prosiguió: «no me recuerdas, ¿verdad?». Yo seguía intentando hacer memoria e intentar relacionar los rasgos con alguien conocido, era notablemente más joven que yo, al menos diez años. Aunque esos ojos y la nariz me eran vagamente familiares opté por negar con la cabeza. «Soy Mariano, el hijo de Esperanza, tu casera cuando estudiabas». Una chispa se encendió en mi cerebro y recordé a aquel crío de poco más de diez años que no paraba de dar por saco tocando la flauta cada día. Quise ser cortés y le dije: «¿Aún tocas la flauta?». Sonrió y dijo: «La cambié por el clarinete. Ahora toco en la Banda de música del maestro Tejera». Intenté seguir siendo correcto, aunque tenía mucha prisa. Debía llegar al trabajo para poder visitar una finca que requería de un tratamiento fitosanitario. «¿Qué es de tu madre?» pregunté. Se le ensombreció el rostro antes de responder: «Murió el mes pasado». «Vaya, lo siento», dije sincero. Esa mujer había sido una prolongación de mi madre. «La quería mucho» seguí. Mariano asintió haciéndose cargo y me tendió la mano con un papel. «Este es mi número de teléfono, llámame porque entre los papeles de mi madre ha aparecido una carpeta con papeles tuyos» dijo. «¿Una carpeta mía?», pregunté extrañado. «Sí, una con una portada de Héroes del silencio» dijo, sin aportar nada más. Recordé aquella carpeta que había desaparecido en mi último año de carrera. Aunque yo lo achaqué al éxtasis por haber terminado la Ingeniería agrícola y querer olvidarme de todo lo que tuviera que ver con los estudios. «La recuerdo» dije, «creí que la había tirado una ex novia mía cuando terminamos». Sonrió un poco y dijo de nuevo: «Hay una carta en la carpeta. Es importante». ¿Una carta?, pensé, ¿qué importancia podía tener una carta veinte años después? «Llámame» dijo Mariano antes de seguir su camino.
Comencé a andar un poco turbado ante el extraño encuentro. Mi idea era quitarme de la cabeza aquella carta. Si había estado en un cajón más de veinte años sin que yo la recordara, podría estar otros veinte o cuarenta, que no me afectaría. Pero fue cuando apareció mi naturaleza curiosa y decidí que, en cuanto llegara al trabajo, llamaría.
Lo hice en cuanto estuve sentado ante mi mesa. Preparé los papeles para el tratamiento y mientras tanto, con el manos libres, llamé a Mariano. El teléfono sonó hasta en doce ocasiones, pero nadie descolgó. A los treinta segundos de dar por imposible el poder hablar con Mariano de aquella carta, me llegó una foto con lo que parecía una carta. Estaba escrita en una hoja a rayas, con los agujeros para poder ponerla en un bloc. No era mi letra, estaba seguro, parecía la de mi amigo Juan. Amplié la imagen para ver qué decía. Me quedé helado cuando leí el contenido. Ahora recordaba aquella carta, que no sé por qué guardé, quizás porque en esa época no teníamos móviles y era una de las formas de comunicarnos. Juan había dejado la carrera un par de años antes que yo, pero la situación que describía la carta me resultaba muy familiar. Todo comenzó cuando de vuelta de un hipermercado me asalta una mujer pidiendo dinero. Mi piso estaba en una zona estudiantil, pero colindante con uno de los barrios más desfavorecidos de Sevilla, y en el que proliferaban pedigüeños, artistas de dudosa calidad y jovenzuelos queriendo robar pequeñas cosas como relojes y cadenas. Le dije que no tenía dinero y ella me espetó: «Después que si os lo quitan». Me enfadó mucho el comentario y le contesté: «Lo que tenéis que hacer es trabajar para ganar dinero». La mujer se fue hacia el lado contrario hablando bajo: «Apúntate un diez» repetía.
Se lo conté a mis amigos de la facultad y estos entre risas y demás me dijeron que yo vivía en un sitio complicado. Lo que me podía permitir les dije.
Una de las noches que salimos para ir al cine nos tropezamos con la mujer que, con toda lógica, no me reconoció, aunque yo a ella sí—tenía una cara muy particular—. Les dije a mis colegas quien era y uno de ellos dijo: «¿le damos un susto?». Yo no estaba muy seguro de hacerlo, pero con la vorágine de la fiesta que prometía después del cine, entré al trapo.
La rodeamos. La mujer, sin ninguna duda iba drogada, se vio atemorizada y empezó a empujar para salir del corro. Después de un breve forcejeo, al enfrentarse a mí, un destello en sus ojos me hizo ver que me había reconocido. Asustado, me aparté para dejarla salir del corro y cayó de bruces al suelo. Se quedó quieta, no se movía. Nos asustamos un poco y miramos alrededor. Nadie. No nos habían visto. La dejamos allí en el suelo y nos fuimos a seguir con nuestra fiesta. A mí me recomía por dentro la situación, por lo que opté por llamar a una ambulancia desde una cabina de teléfono—ninguno de nosotros tenía aún móvil—. No nos esperamos a que llegara la ambulancia.
Al día siguiente, en varios periódicos que tenían noticias locales, aparecía la de una mujer que había sido hallada muerta por la zona de Nervión después de una caída.
Eso es lo que recogía la carta de Juan, contando aquello como una anécdota. En realidad, nosotros no habíamos hecho nada, la mujer, colocada como iba, había perdido pie al empujarme y cayó. Además, llamamos a la ambulancia, por lo que no omitimos nuestro deber de auxilio.
Otro mensaje de what´s app me llegó: «Era mi tía», decía el mensaje. «Mariano, ¿esa mujer era hermana de tu madre?». «Qué Mariano, ni ocho cuartos, o vienes hasta las tres mil o a Mariano le hacemos la sonrisa del payaso». «Mariano, déjate de bromas. Esa carta es de hace veinte años» escribí. «Esto no es ninguna broma. O te presentas frente al colegio o Mariano no lo cuenta. Tienes una hora». Ahí acababa el mensaje.
Dejé el teléfono encima de la mesa y hundí mi cabeza entre las manos. ¿Qué se me había perdido a mí con el tal Mariano? La última vez que lo vi era un niño que tocaba la flauta por las tardes. Ahora me sentía culpable por la situación que había provocado mi carta, pero ¿cómo había llegado a manos de esa gente? Hecho un lío cogí el abrigo y me dirigí hacia la parada del autobús. Necesitaba ir sin conducir para pensar qué hacer.
Cuando llegué frente al colegio, andando y mirando continuamente alrededor, me fueron rodeando poco a poco. Apareció un hombre de tez muy oscura con el pelo muy negro y más largo de lo habitual y una barba negra y cuidada. Vestía un traje negro con camisa blanca debajo, sin corbata, con varios anillos de oro y una cadena del grosor de un dedo con una medalla de oro en la zona abierta de la camisa. A su lado estaba el tal Mariano, con la cabeza gacha. El hombre le tendió algo y Mariano lo cogió, posiblemente droga.
—Bien—dijo el hombre—, aquí nuestro amigo Mariano nos ha traído esta carta en la que se cuenta cómo murió mi tía Soledad.
—¿Por qué tiene la carta, Mariano?—pregunté asustado.
—Digamos que Mariano y yo tenemos un «convenio». Yo le proporciono lo que él necesita y él me da dinero. El problema es que ahora no tiene dinero y usted sí.
—¿Cuánto dinero?
—Digamos—siguió con su coletilla—, que unos seis mil euros.
Me sorprendí y asusté a la vez.
—No tengo ese dinero.
—Yo creo que sí. Usted es un tío de pasta.
—¿Y si no se lo doy?
El cerco de hombres se estrechó sobre mí. Era gente peligrosa.
—Mi tía Sole murió por tu culpa—dijo el hombre.
—Se cayó sola—dije yo.
—Eso tiene poca importancia.
Sentí un golpe en la cabeza y después todo se volvió negro.
Cuando desperté me encontraba atado, sentado en una silla en uno de esos bajos abandonados que tanto proliferan por el Polígono Sur. Frente a mí, otro hombre atado a una silla. Pensé que sería Mariano, pero al fijar la vista en él, nublada hasta hacía unos instantes, logré reconocer a una persona que llevaba sin ver desde hacía más de quince años: mi amigo Juan, el que me escribió la carta.
Me miraba entre sorprendido y aterrado, suplicando con los ojos que no dijera nada que pudiera provocarle ningún daño.
—¿Cómo habéis dado con él? Llevaba años sin saber de él.
—Eso nos ha contado—dijo el hombre del traje y la cadena de oro—. Tampoco ha sido muy difícil, el apellido Madueño no es muy habitual y que además estudiara Ingeniería agrícola era un dato fácil de rastrear. Vivimos en un lugar pobre, pero no somos tontos.
—¿Qué queréis?—pregunté desesperado.
—Seis mil euros. Te lo dije antes y qué pasó en realidad con mi tía.
—Os dije antes que se cayó.
—Eso lo sé, pero quiero saber quién tuvo la culpa.
Juan me miraba negando con los ojos. Él no me traicionaría, pero admitir mi culpa sería fatal. No tenía los seis mil euros, pero el dinero no me preocupaba. Mi vida estaba en peligro y llevaba sin ver a aquel hombre quince años.
—Él fue—dije mirando hacia Juan—. Se quitó y su tía cayó.
—Eso nos dijo Juanito que nos diría, porque parece ser que es usted un poco traicionero—dijo el del traje.
Juan se levantó de la silla sin aparente esfuerzo después que le quitaran las cuerdas, atadas mucho más flojas que las mías. El del traje se acercó a mí, se agachó y dijo:
—Ya sabéis lo que tenéis que hacer con él. Que no lo encuentren ni los GEOS.
✍️ Consejo para escritores
Cómo manejar el pasado como detonante narrativo
Uno de los recursos más potentes en la narrativa breve es el uso del pasado como ancla emocional y motor del conflicto. Este relato juega con ello desde la primera línea. Algunos consejos:
Introduce el pasado mediante objetos: una carta, una foto, una canción. Son portales.
Evoca sin explicar todo: deja que el lector reconstruya lo ocurrido poco a poco.
Muestra las consecuencias actuales: que el pasado tenga un eco real en el presente.
Juega con la ambigüedad moral: el lector debe decidir si el personaje merece redención… o no.
En narrativa breve, el pasado puede ser el personaje más poderoso. Invisible, pero ineludible.
📖 Avances de la novela
Esta semana estoy dándole vueltas a algo que quiero introducir, que es fundamental para la trama, pero por estructura, está siendo más complicado de lo que pensaba.
👀 Ya tengo el título provisional, aunque eso debe decidirlo la editorial … y pronto compartiré algo más.
En cuanto a la que ya tengo mediada, parece que se estanca, hay varios frentes abiertos por resolver y alguno está costando porque debe casar a la perfección con alguna subtrama y ahí se está complicando.
Por lo que puedes ver, no es siempre fácil seguir adelante escribiendo, muchas veces se presentan complicaciones y bloqueos que cuesta sacar adelante. Esperemos, por el bien de las dos novelas, que todo se resuelva.
Gracias por seguir ahí.
🧾 ¿Te ha llegado hasta el final?
Si este relato te ha removido algo, compártelo.
Y si aún no estás suscrito, hazlo ahora para no perder la próxima entrega.
Hasta la semana que viene,
Antonio de Rosa
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!