Entre luz y tinta

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163381279.boletin-de-la-penumbra.html Antonio de Rosa

Por Antonio de Rosa


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Hola, hoy os traigo el relato con el que he sido finalista en el Certamen Homenaje a José Alberto Larios Bastida «Flori», un maestro y músico que nos dejó hace cinco años.

También os traigo otras cosas, como un consejo de escritura, alguna curiosidad de El códice de la Penitencia y unas pinceladas sobre la futura novela.


🕯️ 1. El legado

Relato breve: “El hilo invisible”

Nunca había visto a un anciano llorar así. Es decir, he visto a muchos emocionados, tristes, pero nunca llorando desconsolado, como vi esa tarde a aquel hombre en la plaza del Rey Sabio.

Yo acababa de terminar mi actuación junto a mi grupo de Coros y Danzas. Al bajar del escenario saludé a las personas que nos esperaban para felicitarnos y miré hacia los espectadores. Mi gesto fue casi mecánico, solo por ver las caras de aquellas personas que, año a año, asistían al festival de folclore y que siempre eran generosas con el aplauso. Mis ojos se detuvieron en un hombre de unos ochenta años, al menos los aparentaba.

La imagen me impactó más que me conmovió, aunque eso lo hizo luego.

Ya había comenzado la actuación el grupo que nos sucedía en el escenario, «Flori de Munti» llegados desde los Cárpatos, en Rumanía. La primera pieza que bailaban sonaba desde hacía un par de minutos.

Habíamos congeniado bien con ellos, quizás porque en Lorca había muchos compatriotas suyos, quizás porque su música, a pesar de ser del este y con instrumentos diferentes, no difería tanto de la nuestra. «El tres por cuatro es la forma de la música popular», me dijo una vez un músico mejicano.

Los días que habíamos pasado juntos fueron enriquecedores para todos. Para ellos por los descubrimientos gastronómicos, que alabaron. Los crespillos causaron sensación entre los más jóvenes.

Para nosotros, por ver otro punto de vista, de un país en crecimiento constante, pero que tenía que ver cómo muchos de sus compatriotas debían emigrar para ganarse la vida, algo que nosotros habíamos comenzado a olvidar desde los años noventa del siglo pasado.

Compartimos un par de noches cantando canciones típicas de cada país, mezcladas con otras populares. Incluso, nos atrevimos a cantar juntos algunas conocidas de los dos grupos, canciones más actuales y que hicieron que aquellas noches parecieran muy cortas.

El instinto me hizo acercarme al anciano y vi cómo su mujer, que estaba a su lado, le tomaba la mano con fuerza.

«Perdone que le moleste», le dije. «¿Le puedo preguntar por qué está tan emocionado?»

El hombre volvió la cara hacia mí sin parecer entender. Paseó la vista hacia el escenario y hacia mí sucesivamente, para pararla en mis ojos. El labio inferior le temblaba, se secó las lágrimas con las manos y quiso decirme algo, aunque su voz no salió.

«Tranquilo», seguí yo. «Cuando pueda hablar me lo dice, si quiere».

El hombre asintió con suavidad, pero la que respondió fue su mujer.

«Es la canción. Lo ha emocionado».

«Pero es una canción rumana», dije yo sin entender.

La mujer se encogió de hombros dándome a entender que ella tampoco sabía el motivo.

El hombre movió los labios, pero no habló. Comenzó a tararear la canción en rumano. Yo, que no conocía nada de ese idioma, no sabía si lo cantaba bien o no, pero estoy seguro de que no era la primera vez que entonaba esa canción.

Los últimos compases precedieron a un aplauso generalizado entre los espectadores, y los bailarines del grupo desaparecieron de la escena dejando solos a los músicos, que ya se preparaban para otra nueva pieza.

El hombre respiró profundo mientras se limpiaba las lágrimas con un pañuelo de tela blanca con algunos ribetes azules y unas iniciales bordadas en una de las esquinas.

«Me la tocaba mi abuelo con el acordeón», comenzó a decir el hombre.

«Pero su abuelo no era rumano, ¿no?», me costaba entender qué me quería decir aquel hombre.

Rio un poco entre dientes y movió la cabeza hacia los lados. La música de la segunda canción del grupo de los Cárpatos comenzaba a sonar.

«Era marino. Pertenecía a la armada española. Con el comandante Miranda, que después fue ministro, se embarcó en el Reina Regente, uno de los barcos más importantes de la historia naval española». El hombre hablaba orgulloso de su abuelo, pero aún no entendía dónde quería llegar.

«Pero, ¿y la música?», le pregunté.

Resopló un poco mientras seguía el ritmo de la nueva canción con la cabeza y una mano sobre la pierna derecha.

«En mi familia hay muchos músicos», me dijo. «Todo viene al parecer del padre de mi abuelo, que tocaba el acordeón, como él». Miró al cielo estrellado de aquella noche de septiembre, como buscando las palabras en el firmamento.

«Él fue el que enseñó a mi abuelo a tocar algunas canciones populares de la época. Después fue mi padre el que aprendió a tocar». Nuevas lágrimas acudieron a los ojos del hombre y tuvo que parar de hablar de nuevo. Se recompuso y siguió.

«Cuando mi abuelo se retiró del ejército, tras la guerra civil, volvió a Lorca definitivamente. Poco después nací yo, en plena posguerra. Y recuerdo a mi abuelo tocando el acordeón en nuestra casa de la Pulgara. Hacía que no oía esta canción muchos años. Pero al oír los primeros compases lo he recordado todo».

No sabía qué decirle a aquel hombre. Solo le dije que disfrutara de lo que quedaba de noche y me fui. Cuando había dado un par de pasos le pregunté su nombre:

«Manuel», me dijo. «Manuel Díaz».

Asentí, antes de desandar el camino y estrechar su mano.

«Yo soy Marcos. Un placer». El hombre asintió por toda respuesta y me fui hasta el lateral del escenario donde comenzaban a bajar los músicos y bailarines del grupo «Flori de Munti». Se me ocurrió una idea y me fui hasta uno de los músicos con los que más había congeniado yo.

El evento terminaba, poco más de dos canciones quedaban de un grupo de Senegal que estaba haciendo las delicias del público con sus bailes y acrobacias.

Subimos todos al escenario para hacer la actuación conjunta que cerraba aquel festival de folclore. Me dirigí a uno de los micrófonos de los cantantes y hablé al público.

«Queremos hacer algo diferente y especial hoy. Para ello queremos contar en el escenario con la presencia de don Manuel Díaz, vecino nuestro, de la Pulgara, para que nos acompañe cantando una canción del grupo de Rumanía «Flori de Munti»». La gente se miraba entre sí extrañada y Manuel miraba a su esposa sorprendido. Ella le incitó a levantarse y, cuando lo hizo, un sonoro aplauso estalló en la plaza.

Me acerqué con celeridad a la escalera que daba acceso al escenario y le ayudé a subir. Sin hablar, el agradecimiento en sus ojos fue patente.

Se colocó entre los cantantes del grupo rumano y comenzaron los acordes de la canción «La Doina». Manuel comenzó a cantar al unísono con los del grupo y, tanto bailarines como músicos comenzamos a acompañar aquella canción.

El brillo en los ojos de Manuel nos demostraba que la música era capaz de conseguir algo que las palabras muchas veces no lograban.


✍️ 2. La libreta del escritor

Consejo de escritura: El arte de insinuar

El suspense no está en lo que ocultas, sino en lo que el lector teme descubrir.

Cuando escribas una escena de tensión, no expliques todo. Sugiérelo. Usa objetos fuera de lugar, frases inacabadas, silencios. Por ejemplo:

  • Un reloj parado a las 03:12.

  • Una foto arrancada de un álbum.

  • Un personaje que siempre cambia de tema cuando se menciona cierto nombre.

Deja que el lector se convierta en detective. El miedo se siente más cuando lo completa la imaginación.


🔎 3. Entre líneas

Confesiones desde el escritorio

Esta semana volví a abrir los primeros apuntes de El Códice de la Penitencia. Entre las páginas encontré una frase que descarté antes de entregar el manuscrito, pero que aún hoy me remueve:

“La verdad nunca se esconde. Solo espera en silencio.”

No la usé, pero no la olvidé. Tal vez esté aguardando en otra historia. O en otro libro.


📚 4. Lo que viene

La nueva novela ya tiene título… pero me lo guardaré un poco más, mientras os voy dando unas pinceladas por aquí.

El personaje histórico bebe las fuentes de la escuela granadina de escultura de José y Diego de Mora, aunque no de forma directa, sino a través de un discípulo suyo: Salvador de Ledesma. El personaje histórico es Andrés de Carvajal.

En el próximo boletín compartiré algo más... y una pista oculta.


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Esto es todo por esta semana. Nos leemos.

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