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TODO CAMBIA
Nos lo encontramos sentado sobre una piedra, junto al camino. La subida hasta O Cebreiro era empinada y el hombre descansaba allí. O al menos eso nos pareció.
Nico y yo no habíamos visto a ese hombre en las etapas pretéritas, pero no nos extrañó mucho. Quizás el hombre había comenzado su camino en Villafranca del Bierzo y había salido temprano. Nosotros iniciamos nuestro camino en León. Teníamos dos semanas de vacaciones y quisimos aprovecharlas al máximo.
Cuando ya estuvimos cerca de él nos dimos cuenta de que respiraba con dificultad.
—¿Está usted bien?—pregunté con preocupación.
El hombre, con poblada barba grisácea, asintió intentando recuperar el resuello. Miré a Nico, tenía el rostro grave ante esa situación inesperada.
—¿Está haciendo el camino solo?—continué.
Volvió a asentir. El pantalón largo marrón claro estaba manchado de lo que parecía barro, así como las botas. ¿Dónde había estado ese hombre para estar sucio de barro en pleno agosto?
Cruzamos de nuevo las miradas mi amigo y yo. En mi semblante pudo apreciar que no iba a dejar solo a aquel hombre en dificultades. Deformación profesional que lo llaman: soy enfermero y mi obligación era ayudar a los demás, al menos así lo veía yo. Nico se resignó y se acercó al hombre hasta quedar cerca de él. Hice lo mismo. Un olor a hierbas aromáticas, impropias del lugar, me inundó. Tomillo, lavanda y romero, se entremezclaban para causar una sensación de paz y bienestar. Aunque al hombre de poco le estaba sirviendo.
Le pregunté si se encontraba mal, y ahí fue la primera vez que oí su voz, profunda y grave.
—No, es solo cansancio.
—No debería hacer usted el camino solo.
Se encogió de hombros. Tenía la mirada honesta, indulgente incluso.
—Nadie lo quiere hacer conmigo.
—Si quieres le acompañamos—dije yo sin consultar a mi amigo.
Nico me miró con severidad, reprochándome esa actitud.
—No os preocupéis. Esto es pasajero.
Hice un aparte con Nico para hacerle ver que solo sería hasta llegar a O Cebreiro, unos once kilómetros desde donde estábamos. Aceptó a regañadientes.
El hombre se incorporó, no sin esfuerzo. Tenía la camisa sudada, con varios cercos rodeando las axilas y el cuello. Le ayudé con la pequeña mochila que le acompañaba, al contrario que nosotros, que portábamos una con ocho kilos de peso, como recomendaban en las guías.
Adaptamos el paso al suyo. Nos contó, entrecortado y respirando con dificultad por la pendiente, que se llamaba Tomás. Era viudo y había prometido hacer el Camino de Santiago si un nieto suyo se recuperaba de una enfermedad.
—Mejor se lo agradece a los médicos—dije yo como autodefensa.
Me miró indulgente y con una paciencia infinita.
—Lo hice en su momento—dijo sin mostrarse agraviado—, y a las enfermeras y personal del hospital, pero mi nieto no solo se curó por ellos. ¿Si no creéis por qué hacéis el camino?
—Como unas vacaciones—dije yo.
—El camino te cambia.
Asentí sin mucho convencimiento mientras íbamos hablando de los avatares del camino hasta que nos habíamos encontrado.
Al llegar a O Cebreiro fuimos directos al albergue.
El pueblo, apenas veinte casas, era de una belleza extraordinaria. Paseamos por los alrededores conociendo un poco más sobre las leyendas del camino. Tomás nos contó la del vecino que fue a misa un día de nieve.
Nico y yo lo tomamos como una anécdota, dándole poca veracidad a un relato que habría pasado de generación en generación con grandes distorsiones. Aún así nos maravillamos por todo lo que rodeaba al camino y que, poco a poco, iba mostrándonos ese hombre.
Cenamos con él y fue la última vez que le vimos. A la mañana siguiente, antes de despuntar el sol, comenzamos a caminar para recorrer la etapa hasta Triacastela. Creímos que lo adelantaríamos durante el recorrido, cuesta abajo y a buen paso pensamos que nos encontraríamos con Tomás.
Pero no fue hasta el día que llegábamos a Sarria donde un suceso nos golpeó y nos cambiaría la vida para siempre.
A unos diez kilómetros del final de la etapa, cuando Nico y yo, mientras adelantábamos a grupos de peregrinos, discutíamos sobre dónde pasar la noche, si en el albergue que se encontraba a las afueras o en alguno privado en la localidad, vimos a un pequeño grupo parado. La agitación se notaba entre ellos. Rodeaban a alguien que estaba en el suelo. Nos acercamos y contemplamos cómo todos dudaban qué hacer. En el suelo, el inconfundible pantalón manchado de barro de Tomás.
—Soy enfermero, ¿Qué ocurre?—pregunté.
—Acaba de caer desplomado al suelo—dijo uno de los que lo rodeaban.
—Hacedme sitio.
Comencé a hacerle un masaje cardiaco tras comprobar que estaba en parada. Al poco de iniciar el proceso comenzó a toser y respirar de nuevo. Cuando volvió en sí se sorprendió de verme junto a él. Le dije con sorna:
—Ve usted como es necesaria la medicina. Es la que nos salva.
Sonrió con esa cara bonachona que tenía, la barba con algunas gotas de saliva. Tosió y asintió antes de preguntar:
—¿Y crees que es casualidad que hayas estado aquí para salvarme la vida?
Esto es todo por esta semana. Nos leemos en la próxima.
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