Entre luz y tinta

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149818369.y-si-somos-culpables.html Antonio de Rosa

mar atardecer

Un nuevo relato, esta vez un alegato ecologista, donde cada uno tenemos nuestra parte de culpa.


EL VIEJO Y UN MAR MUERTO

Llegué a su lado cuando el sol pintaba en tonos anaranjados el oeste.

El viejo tenía la piel tostada por un sol de años, de haberse criado junto al mar. Estaba sentado en un poyete de piedra, la mirada perdida en un horizonte de edificios construidos en los setenta, creando una ciudad para los turistas.

—Se lo están cargando—dije yo para entablar conversación.

Lo veía a diario cada verano desde hacía cuatro años. Ese había sido el lugar de vacaciones con mis padres hacía ya demasiado tiempo. Después vinieron años en los que elegía otros lugares, de playa o de montaña, hasta volver a mis orígenes.

—Zagal—me dijo—, aquí nadie nos hace caso.

Era cierto a medias: en los últimos tiempos el mar Menor copaba muchas de las noticias locales y regionales, aunque era verdad que los políticos miraban a otro lado ante el gran problema de aquella laguna salada.

—Pero dicen que se está recuperando—continué.

Chasqueó la lengua en un sonido de hastío, de hartazgo por aquello que oía a diario y que no era real, al menos para él, que pasaba tanto tiempo frente al mar.

—Mentira to—dijo—¿Qué van a decir?¿Que está muerto?¿Para que no venga nadie?

—Pues si es así, dejarán de venir tarde o temprano.

El viejo siguió mirando el agua en calma. No tenía prisa, nunca la había tenido pero, de un tiempo a esta parte, menos aún.

 Yo recordaba alguno de aquellos edificios cuando iba de niño. En los últimos tiempos se recortaba en el horizonte de la noche incipiente una cantidad de edificios muy superior a aquella época.

Y también recordaba a aquel hombre, que ya parecía viejo hacía cuarenta años, aunque mi percepción de niño estaba distorsionada por cómo los chavales ven a los mayores. Siempre en ese poyete mirando al mar, con nostalgia y, ahora, con los ojos velados por la pena.

Yo no tenía una conciencia ecológica muy grande. De hecho, no me gustaban nada ciertos mensajes apocalípticos que oía a diario. Quizás por vivir en una ciudad grande donde esos problemas siempre eran lejanos. Pero allí, frente al mar Menor, con ese ligero olor a algas y pescado comenzando a pudrirse, viendo esos peces flotando cada cierto tiempo, reconocía que algo no hacíamos bien cuando nos estábamos cargando aquel paraíso poco a poco.

—Y va a ir a peor, zagal—me dijo—. No cesan los vertidos y esta zona se irá vaciando. Es imposible vivir aquí y ver esto a diario. Es como un basurero en el mar.

Era la vez que más le había oído hablar desde que lo veía ahí, en su poyete.

—¿Y la gente se baña aquí?—pregunté al hombre sabiendo la respuesta.

—¿Ves a alguien bañarse? A lo mejor en otra zona que no esté tan asquerosa sí lo hacen, pero aquí es imposible. ¿Quién quiere bañarse entre basura y pescado en descomposición?

El penetrante olor me hizo arrugar la nariz. El viejo se percató y sonrió antes de decir:

—En invierno se nota menos.

Golpeó con la mano izquierda en el poyete, junto a él, en una invitación a sentarme a contemplar aquello.

No sé cuánto tiempo estuvimos mirando a la laguna. Pasaron un par de veleros que se recortaban en la luz que nos brindaba la Manga, con sus edificios simulando un skyline de ciudad americana. Hizo el amago de bajar del poyete. Lo hice más rápido que él y le ayudé. Agradeció el gesto con la cabeza, el semblante resignado y la voz rota.

—Siempre creí que moriría antes que él—me dijo.

—¿Antes que quién?

Señaló al mar Menor, su mar, su vida.

—Lo llevo viendo enfermo décadas, pero siempre creí que se recuperaría. Mientras yo languidecía él parecía resurgir, pero ahora ha muerto, y nadie ha hecho nada. Ni siquiera yo, que solo miraba.


Esto es todo por esta semana. Nos leemos en la próxima entrega.

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