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Hoy os traigo un relato que fue el primer intento de hilo de misterio en Twitter/X, aunque se quedó en eso, en intento. Su extensión era demasiado grande para lo que permitía la red del pajarito.
Espero que os guste.
LA CARTA
Lo vi venir de frente, aunque no lo reconocí. «Me alegro de verte, Antonio», dijo. Al ver mi cara de extrañeza siguió: «no me recuerdas, ¿verdad?». Seguía intentando hacer memoria y relacionar los rasgos con alguien conocido. Era bastante más joven que yo. Aunque sus ojos y la nariz me eran vagamente familiares negué con la cabeza. «Mariano, el hijo de Esperanza, tu casera cuando estudiabas». Una chispa se me encendió y recordé a aquel crío de diez años que daba por saco con la flauta cada día. Quise ser cortés y le dije: «¿Aún tocas la flauta?». Sonrió y dijo: «La cambié por el clarinete. Toco en la Banda de música del maestro Tejera». Aunque tenía mucha prisa, seguí hablando. Debía visitar una finca para un tratamiento fitosanitario. «¿Qué tal tu madre?» pregunté. Se le ensombreció el rostro y respondió: «Murió el mes pasado». «Vaya, lo siento», dije sincero. Esa mujer había sido una prolongación de mi madre. «La quería mucho» seguí. Mariano asintió y me tendió la mano con un papel. «Este es mi número de teléfono, entre los papeles de mi madre ha aparecido una carpeta con papeles tuyos» dijo. «¿Una carpeta mía?», pregunté extrañado. «Sí, con una portada de Héroes del silencio» dijo. Recordé aquella carpeta que había desaparecido en mi último año de carrera. Yo lo achaqué al éxtasis por haber terminado la Ingeniería agrícola y olvidarme de todo lo que tuviera que ver con los estudios. «La recuerdo» dije, «creí que la había tirado una ex novia mía». Sonrió un poco y dijo: «Hay una carta en la carpeta. Es importante». ¿Una carta?, pensé, ¿qué importancia podía tener una carta de hacía veinte años? «Llámame» dijo Mariano antes de seguir su camino.
Comencé a andar un poco turbado ante el extraño encuentro. Mi idea era quitarme de la cabeza aquella carta. Si había estado en un cajón más de veinte años sin que yo la recordara, podría estar otros veinte o cuarenta, que no me afectaría. Ahí apareció mi naturaleza curiosa y decidí que llamaría.
Lo hice en cuanto estuve sentado en el despacho. Preparé los papeles para el tratamiento y mientras, con el manos libres, llamé. El teléfono sonó en doce ocasiones, pero nadie descolgó. A los treinta segundos me llegó una foto con lo que parecía una carta. Escrita en una hoja a rayas, con los agujeros para poder ponerla en un bloc. No era mi letra, seguro, parecía la de mi amigo Juan. Amplié la imagen para ver qué decía. Me quedé helado al leerla. Ahora recordaba aquella carta, que no sé por qué guardé, quizás porque en esa época no teníamos móviles y era una de las formas de comunicarnos. Juan había dejado la carrera un par de años antes que yo, la situación que describía la carta me resultaba muy familiar.
Todo comenzó cuando de vuelta de un hipermercado me asalta una mujer pidiendo dinero. Mi piso estaba en una zona estudiantil, colindante con uno de los barrios más desfavorecidos de Sevilla, y en el que proliferaban pedigüeños, artistas de dudosa calidad y jovenzuelos robando pequeñas cosas como relojes y cadenas. Le dije que no tenía dinero y ella me espetó: «Después que si os lo quitan». Me enfadé y le contesté: «Lo que tenéis que hacer es trabajar para ganar dinero». La mujer se fue hacia el lado contrario hablando bajo: «Apúntate un diez» repetía.
Se lo conté a mis amigos de la facultad y estos, entre risas, me dijeron que yo vivía en un sitio complicado. Lo que me podía permitir les dije.
Una de las noches que salimos para ir al cine nos tropezamos con la mujer que, con toda lógica, no me reconoció, aunque yo a ella sí—tenía una cara muy particular—. Les dije a mis colegas quien era y uno de ellos dijo: «¿le damos un susto?». No estaba muy seguro de hacerlo, pero con la vorágine de la fiesta posterior, entré al trapo.
La rodeamos. La mujer iba drogada, se vio atemorizada y empezó a empujar para salir del corro. Después de un forcejeo, al enfrentarse a mí, un destello en sus ojos me hizo ver que me había reconocido. Asustado, me aparté para dejarla salir del corro y cayó de bruces. Se quedó quieta, inmóvil. Nos asustamos un poco y miramos alrededor. Nadie. No nos habían visto. La dejamos allí en el suelo y nos fuimos a seguir con nuestra fiesta. A mí me recomía por dentro por lo que opté por llamar a una ambulancia desde una cabina—ninguno de nosotros tenía aún móvil—. No nos esperamos a que llegara la ambulancia.
Al día siguiente, en varios periódicos de noticias locales, aparecía la de una mujer hallada muerta por la zona de Nervión tras una caída.
Eso es lo que recogía la carta de Juan, contando aquello como una anécdota. En realidad, nosotros no habíamos hecho nada; la mujer, colocada como iba, perdió pie al empujarme y cayó. Además, llamamos a la ambulancia, por lo que no omitimos nuestro deber de auxilio.
Otro mensaje de what´s app me llegó: «Era mi tía», decía el mensaje. «Mariano, ¿esa mujer era hermana de tu madre?». «Qué Mariano, ni ocho cuartos, o vienes hasta las tres mil o a Mariano le hacemos la sonrisa del payaso». «Mariano, déjate de bromas. Esa carta es de hace veinte años» escribí. «Esto no es ninguna broma. O te presentas frente al colegio o Mariano no lo cuenta. Tienes una hora». Acababa el mensaje.
Dejé el teléfono encima de la mesa y hundí mi cabeza entre las manos. ¿Qué se me había perdido a mí con el tal Mariano? La última vez que lo vi era un niño que tocaba la flauta. Me sentía culpable por la situación que había provocado mi carta, pero ¿cómo había llegado a manos de esa gente? Hecho un lío cogí el abrigo y me fui a la parada del autobús. Necesitaba ir sin conducir y pensar qué hacer.
Cuando llegué frente al colegio, andando y mirando continuamente alrededor, me fueron rodeando poco a poco. Apareció un hombre de tez muy oscura con el pelo muy negro y más largo de lo habitual y una barba negra y cuidada. Vestía un traje negro con camisa blanca debajo, sin corbata, con varios anillos de oro y una cadena del grosor de un dedo con una medalla de oro en la zona abierta de la camisa. A su lado estaba Mariano, con la cabeza gacha. El hombre le tendió algo y Mariano lo cogió, posiblemente droga.
—Bien—dijo el hombre—, aquí nuestro amigo Mariano nos ha traído esta carta en la que se cuenta cómo murió mi tía Soledad.
—¿Por qué tiene la carta, Mariano?—pregunté asustado.
—Digamos que Mariano y yo tenemos un «convenio». Yo le proporciono lo que él necesita y él me da dinero. El problema es que ahora no tiene dinero y usted sí.
—¿Cuánto dinero?
—Digamos—siguió con su coletilla—, que unos seis mil euros.
Me sorprendí y asusté a la vez.
—No tengo ese dinero.
—Yo creo que sí. Usted es un tío de pasta.
—¿Y si no se lo doy?
El cerco de hombres se estrechó. Gente peligrosa.
—Mi tía Sole murió por tu culpa—dijo.
—Se cayó sola—dije yo.
—Eso tiene poca importancia.
Sentí un golpe en la cabeza y después todo se volvió negro.
Cuando desperté estaba atado, sentado en una silla, en uno de esos bajos abandonados del Polígono Sur. Frente a mí, otro hombre atado a una silla. Pensé que sería Mariano, pero al fijar la vista en él, nublada hasta hacía unos instantes, logré reconocer a una persona que llevaba sin ver hacía más de quince años: mi amigo Juan, el que me escribió la carta.
Me miraba entre sorprendido y aterrado, suplicando con los ojos que no dijera nada.
—¿Cómo habéis dado con él? Llevaba años sin saber de él.
—Eso nos ha contado—dijo el hombre del traje—. Tampoco ha sido muy difícil, el apellido Madueño no es muy habitual y que estudiara Ingeniería agrícola era un dato fácil de rastrear. Vivimos en un lugar pobre, pero no somos tontos.
—¿Qué queréis?—pregunté desesperado.
—Seis mil euros. Te lo dije antes y qué pasó en realidad con mi tía.
—Os dije antes que se cayó.
—Eso lo sé, pero quiero saber quién tuvo la culpa.
Juan me miraba negando con los ojos. Él no me traicionaría, pero admitir mi culpa sería fatal. No tenía los seis mil euros, pero el dinero no me preocupaba. Mi vida estaba en peligro y llevaba sin ver a aquel hombre quince años.
—Él fue—dije mirando hacia Juan—. Se quitó y su tía cayó.
—Eso nos dijo Juanito que diría. Parece ser que es usted un poco traicionero—dijo.
Juan se levantó de la silla sin aparente esfuerzo después que le quitaran las cuerdas, atadas mucho más flojas que las mías. El tipo se acercó, se agachó y dijo:
—Ya sabéis lo que tenéis que hacer con él. Que no lo encuentren ni los GEOS.
Nos leemos la próxima semana.
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