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LA CAZA DE LAS MOSCAS
Cuando entró desde la galería hasta la cocina, las tres moscas que estaban refugiadas del frío otoñal, se colaron en el hogar. Odiaba a las moscas. Eran unos bichos que se posaban en cualquier sitio, cuanto más sucio estuviera mejor para ellas. Adoraban los excrementos y cualquier cosa dulce que se preciara.
A él ni le gustaban las deposiciones y, últimamente, ni lo dulce. Decidió deshacerse de ellas. No le gustaban demasiado los insecticidas. Eran lentos y dejaban el ambiente con un olor fuerte e insoportable para su nariz, le provocaban estornudos y una congestión que no se le quitaría en horas.
Armado con un trapo de cocina se dispuso a cazar moscas. La primera que se posó en la encimera se convirtió en la víctima inicial. Sigiloso, avanzó hasta la posición más ventajosa, perpendicular a la placa de inducción, armó el brazo y con un movimiento rápido y certero impactó en el insecto dejándolo grogui en el suelo. Se acercó a la mosca y la tomó con el índice y el pulgar a modo de pinza. Aún se movía el díptero y lo arrojó directo al inodoro.
Volvió a la cocina, donde aún pululaban otras dos asquerosas aladas. Asió de nuevo el trapo y se dirigió, esta vez, a la puerta del frigorífico, donde estaba posada su siguiente víctima. Repitió el mismo procedimiento, aunque la mosca escapó del trapo con un movimiento, a todas luces, aleatorio y veloz.
Como no le convencía el método del trapo consideró la opción de un método más tradicional, las palmadas sobre la mosca. Se acercó hasta donde estaba posada de nuevo, en el borde de la mesa de la cocina y se dispuso, lentamente, a palmear ambas manos con el insecto entre ellas. Justo en el instante en que sus manos iban a unirse en una palmada vio salir volando a aquel bicho.
Se enfureció por haberle dado la opción de escapar por segunda vez, pero no pararía hasta que eliminara a las dos que quedaban con vida.
Las escuchó volar a su alrededor, como si se estuvieran mofando de su poca destreza, lo que le hizo cometer errores en los siguientes intentos.
Cada vez las oía más cerca, zumbando alrededor con su “Bzzzz” característico que le ponía de los nervios.
Intentó calmarse para observar la siguiente parada de los dípteros y las vio posarse, ambas, muy juntas una de la otra.
Se le encendió una sonrisa en el rostro. No podía tener tanta suerte. ¡Esto era un dos por uno! Se dirigió de nuevo a la encimera, hasta ese borde donde estaban apoyadas, e hizo un nuevo intento. Se colocó con las piernas abiertas, los brazos cada uno a un lado, las palmas de las manos extendidas y se dispuso a atacar.
En el momento en que realizó el movimiento notó como algo le entraba por la boca entreabierta. Las moscas, efectivamente, habían escapado. Pero no solo eso, sino que habían contraatacado, colándose irremediablemente en su boca. No sabía, a ciencia cierta qué estaba ocurriendo, comenzó a toser, con la finalidad de expulsarlas, pero las moscas se le atoraban en la garganta negándole la posibilidad de respirar con facilidad. Cayó de rodillas en un intento de vomitarlas. El movimiento de las moscas en la garganta le estaban provocando nauseas. Intentó toser y entonces vio cómo una gran cantidad de moscas volaban a su alrededor. No sabía por dónde habían podido entrar en la casa. ¡Estaba todo cerrado!
Volvió la mirada hacia la puerta de la galería. Estaba entornada, pero con una pequeña rendija abierta por donde se estaban colando los insectos. Parecían miles e iban directas hacia él.
Comenzaron a colarse en su boca, abierta para poder respirar, atorándole la garganta impidiéndole inspirar y espirar.
Poco a poco notaba cómo se mareaba. En breve perdería el conocimiento por la falta de oxígeno. No había vuelta atrás. El odio que sentía por las moscas se elevaba al infinito.
La vida se le escapaba, justo en el instante en que cayó al suelo de bruces. Intentó, en un desesperado esfuerzo por sobrevivir, ponerse boca arriba.
Vio, impotente, como las moscas salían en masa desde su boca en el instante en que su mirada se tornaba vidriosa y emitiendo un estertor que hizo salir a las pocas moscas que quedaban en el interior de su boca.
DENSIDAD
La oscuridad no le impedía sentir su presencia. El aire, pesado y pegajoso, le dificultaba respirar y la opresión en el pecho le hacía perder el poco aire que contenían sus pulmones. Una gota viscosa cayó sobre su rostro. Intentó apartarla, pero su mano se quedó pegada unos instantes en la gota. La apartó con asco. Apoyó los codos en el suelo para incorporarse y la humedad del terreno le volvió a provocar repulsión. Aún así, sin ver y con el temor hacia la criatura que lo acechaba, logró levantarse. De rodillas, a merced de aquel ser, logró reconocer algunas formas a su alrededor. El silencio le aterrorizaba mucho más que lo que tenía frente a él. Terminó de ponerse en pie y correr, pero sus piernas, pesadas, parecían tener pegamento en las suelas de los zapatos. Cayó de bruces y sintió de nuevo el aliento a pocos centímetros de su nariz.
Despertó sobresaltado.
Un sueño.
El suelo, húmedo y terroso.
A pocos centímetros de su cara los ojos rojos de una rata. Le pareció que sonreía.
Miró a su alrededor.
Cientos de ratas.
Este artículo de National Geographic es muy interesante porque nos habla del origen de esta celebración. En España es una tradición muy diferente a la mejicana, pero es interesante conocer esos puntos en común y las notables diferencias. Espero que les guste.
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