138164588.supermario-bross-lee-muy-rapido.html
Gracias por leer Los relatos de Antonio de Rosa! Suscríbase gratuitamente para recibir nuevos Post y apoyar mi trabajo.
SUPERMARIO BROSS LEE MUY RÁPIDO
El poco más de metro sesenta, en el que concentraba tanta sabiduría como mala leche, sabía imponerse ante la clase repleta de hormonas. Cuarenta chicos de entre catorce y dieciséis años éramos su clientela. Cuando entraba por la puerta se escuchaba su típico: «Aquí huele a macho».
Todos varones, con voz cambiante algunos, medios niños unos, mezclados con medios hombres otros. Alguno que iba de hombre entero y otros que solo pensaban en jugar al fútbol en los pasillos del instituto.
Pepe Molero era una suerte de súper Mario Bross con acento cordobés muy marcado y con una dicción excelente cuando leía, algo que hacía muy a menudo para desconcierto de nosotros, no por la dicción, sino por la velocidad para descargar palabras bajo ese mostacho negro como el azabache y desde esa cabeza medio calva.
Nos ponía a leer y, a pesar de su pequeño tamaño, era capaz de mantener una clase en silencio. Y eso que muchos, la mitad más o menos, no tenían ni el graduado escolar. Habían llegado directos a formación profesional porque no había trabajo para ellos. Pero ahí estaba Pepe, para sacar algo de ellos, aunque, cuando movía la cabeza hacia los lados ya sabíamos que aquello sería una quimera.
Con nosotros, los que sí teníamos el graduado, no desfallecía. Una capacidad innata para activar la ilusión en lo que la sociedad consideraba los malos estudiantes.
Aunque lo más destacable de su ser era su amor por la literatura. Esos chicos, con una nula intención de leer algo que no fuera un periódico deportivo, nos convertimos en su reto personal.
Nosotros, entre risas, le conminamos a que nos pusiera como lectura obligatoria una novela erótica. Él asintió y nos dijo que, posiblemente, no nos enteraríamos de la mitad de las cosas que se dicen en una novela de ese tipo. La clase siguiente, para sorpresa de todos, cogió un libro, que él decía que estaba escrito por su hermano, y leyó un pasaje de la novela, que nosotros, en nuestra incultura y bisoñez literaria, no entendimos nada erótico en lo que, Pepe, nos mostró.
Un día llegó con la lectura de la segunda evaluación: «Relato de un náufrago» de Gabriel García Márquez. Pocos de nosotros conocíamos al escritor y, para que engañarnos, no nos hacía nada de ilusión leer aquel libro.
Como a mí me gustaba leer le pregunté si podía leer otro libro que me gustara más. Su respuesta: «Ostia Díaz, si eso se lee cagando». Las risas entre los compañeros y mi cara roja como un tomate fueron la salsa de la clase durante varias semanas.
Su mano izquierda era igual de efectiva que la derecha. Era capaz de darnos lo que necesitábamos en cada momento. Pero lo que realmente nos impactó fue su forma de decir las cosas.
Llegaba una mañana al instituto, allá por mayo del 95. Nosotros estábamos en la calle fumándonos el preceptivo cigarrillo de antes de primera hora, cuando para junto a nosotros el Seat 127 verde, perfecto para su tamaño, baja apresurado la ventanilla del coche y nos espeta: «¿Os habéis enterado, chavales? Se ha matado Antonio Flores. Lo han pillado todavía con la jeringuilla pinchada».
Nosotros nos miramos confusos unos a otros. El 127 siguió su camino hacia el aparcamiento del instituto.
ACOSO
La gota, rojo intenso, cayó sobre la hoja desde su nariz. Ese grupo seguía machacándole cada día de clase y hoy se habían pasado. Le rodearon, empujaron y fue a dar con el hombro del más alto, Efrén.
Agachó la cabeza y siguió a lo suyo. Le habían puesto un tapón en el orificio, pero no se cortaba el sangrado. Una nueva gota se desplomó como a cámara lenta, apretó los dientes e hizo un avión con la lámina. No podía seguir escribiendo sobre las manchas.
Las chanzas sobre su volumen corporal seguían, auspiciados por un profesor apático y blando, que solo sabía decir: «Chicos, no os burléis de las personas», con una condescendencia que enfadó aún más a Raúl. ¿Cómo podía ser así quién le tenía que proteger?, pensó.
Efrén se puso tras él. Raúl giró con velocidad y lanzó el avión contra el acosador. El avión se clavó en su ojo izquierdo. En segundos pasó de blanco a rojo.
Finalmente, una noticia que todos los que nos dedicamos a la docencia venimos reivindicando desde hace años. Ahora un estudio corrobora lo que ya sabíamos. Clica en el enlace o en la foto para ver la noticia.
Gracias por leer Los relatos de Antonio de Rosa! Suscríbase gratuitamente para recibir nuevos Post y apoyar mi trabajo.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!