137956533.en-el-amor-y-en-la-guerra.html
Foto: Pete Linforth (Pixabay)
Gracias por leer Los relatos de Antonio de Rosa! Suscríbase gratuitamente para recibir nuevos Post y apoyar mi trabajo.
EN FUEGO CRUZADO
Las balas silbaban sobre su cabeza estrellándose en la pared. Los pequeños cascotes y el polvo caían sobre él. Pegada la espalda contra la pared, la camisa se le adhería a la piel por el sudor a pesar del frío.
Miedo. Un olor acre emanaba de él. No tenía tiempo de pensar en el asco que le provocaba ese hedor. Debía actuar, no podía quedarse ahí o sería un blanco fácil. Se arrastró entre los escombros hasta que alcanzó la siguiente habitación.
El sonido de los disparos, los gritos y los cristales rompiéndose estremecían aún más que esa sensación de peligro que flotaba sobre su cabeza.
Las tropas habían entrado en el pueblo arrasando. Sus vecinos no pertenecían a ningún bando, pero eso a los asaltantes les daba igual. Disparaban a cualquier cosa que se movía: ancianos, animales, incluso niños. No tenían el más mínimo escrúpulo en discriminar qué les generaba peligro y qué no. Eso era lo que le había provocado la determinación de escapar de allí. No podía hacer nada por ellos sin armas y en solitario.
La rabia ascendió por su cuerpo hasta crispar sus músculos. Apretó los puños y se clavó las uñas en las palmas; rechinaron los dientes por la tensión y sus ojos se inyectaron en sangre. Tenía que proteger a su familia y solo había una opción. Saldría por los patios, en dirección al cabezo que quedaba más cerca, para aceptar aquello que había rechazado dos días antes: enrolarse en la fuerza opositora.
Salió a la zona descubierta trasera de la vivienda que le servía de protección. El fuego cruzado no llegaba hasta allí. Observó la zona de huida y no le pareció difícil. El muro era bajo para alguien de su altura, sería sencillo salvar el obstáculo. Algunos del pueblo habían empezado a disparar contra el ejército para defenderse.
Insuficiente.
Cada vez se oían más gritos: mujeres y niños llorando. Llantos de dolor, de rabia, de miedo.
Se volvió a agachar y llegó hasta el murete. Poco a poco se fue incorporando, con cuidado, sigiloso, observando la loma donde se divisaban pequeñas luces que indicaban el emplazamiento de los opositores.
La luz del atardecer luchaba contra la negrura por mantener un atisbo de claridad. Deseó esa penumbra para avanzar sin ser visto, aunque había luz suficiente para convertirse en la presa perfecta.
Trepó el muro apoyándose en una caja de madera y cayó al bancal, rodando y ensuciándose la ropa. La tierra árida y seca estaba en barbecho. Tenía campo abierto por delante hasta llegar a la elevación, pero sería un blanco fácil en aquel llano sin vegetación. Eran apenas cuatrocientos o quinientos metros; «un par de minutos», pensó.
Comenzó a correr sin mirar atrás. Escuchaba los disparos, algunos muy cercanos. Se agachaba, miraba bajo el brazo y seguía corriendo. Algunas balas comenzaron a levantar polvo tras él, pero la distancia desde la que le disparaban no era suficiente para alcanzarlo. Aún así, el miedo le empujó a acelerar el paso. La fatiga le provocaba ardor en los pulmones, que no eran capaces de admitir más oxígeno. Los muslos le quemaban por la carrera, a la que estaba poco habituado.
Alcanzó los primeros árboles cuando los disparos se estrellaban en los troncos. Mejor protegido, bajó el ritmo y se parapetó tras unas rocas salientes para recuperar un poco de resuello. Se recompuso y decidió seguir al no apreciar signos de peligro en el camino que había recorrido para llegar hasta allí.
Avanzó con decisión en la dirección donde había visto las luces. Aunque indicaban la posición del enemigo, el ejército no se acercaría porque estaría en clara desventaja. Los opositores conocían bien el terreno y estaban en una elevación.
Se dirigió hacia las cuevas, posición idónea para protegerse y resguardarse de las inclemencias de ese invierno frío y seco. La lengua se le pegaba al paladar ante la falta de saliva por el esfuerzo, necesitaba agua para refrescarse.
Llegó y se paró ante los disidentes con los brazos en alto. La lengua pastosa emitió unos sonidos similares a una frase:
—¡Soy del pueblo!
Los disparos cada vez se escuchaban más cerca. Los había llevado hasta los opositores sin pretenderlo.
—Los has traído hasta aquí. Estás con ellos.
—No, no. Estoy escapando. Quiero formar parte de la resistencia.
Los opositores, callados y serios, le miraban expectantes. Algunos le conocían del pueblo, aunque ninguno de ellos se podría considerar su amigo. Tenía esperanza de poder sentirse a resguardo entre sus vecinos.
El disparo del que parecía el jefe le alcanzó la frente.
—Por si acaso—dijo este.
Foto: Pete Linforth (Pixabay)
FUEGOS DE ARTIFICIO
El sonido de un tiroteo consiguió animarles de nuevo. Se enzarzaron otra vez en el cuerpo a cuerpo. Una lucha sin cuartel por ver quién tomaba la posición más ventajosa. Claudicó, viéndose superado e impotente ante la furia y energía que desprendía ella. Sus manos quedaron atrapadas bajo las suyas y prefirió que llevara la iniciativa hasta que el cansancio la hiciera desistir. El clímax llegó justo en el instante en que un ruido ensordecedor, como de fuegos artificiales, les llegó desde la calle, iluminando los cuerpos desnudos con un desconcertante resplandor.
Os dejo un enlace a una publicación independiente y de rigor, como es la revista «Historia» de National Geographic, en la que hace un repaso a las guerras y a los participantes en los últimos conflictos armados.
Foto: Annette Jones (Pixabay)
Gracias por leer Los relatos de Antonio de Rosa! Suscríbase gratuitamente para recibir nuevos Post y apoyar mi trabajo.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!