Entre luz y tinta

137356895.acordes-olvidados.html

137356895.acordes-olvidados.html Antonio de Rosa

Img: Wikipedia. Portada Studio Album

Gracias por leer Los relatos de Antonio de Rosa! Suscríbase gratuitamente para recibir nuevos Post y apoyar mi trabajo.

ACORDES OLVIDADOS

El ruido que entraba por la ventana, aun cerrada, era incompatible con la concentración que requería la lectura. Las fiestas del barrio habían empezado y él vivía en el centro neurálgico de la celebración.

No sabía por qué le molestaba tanto ese jaleo. Quizás fuera la edad. Desde que se jubiló se había vuelto irascible y poco tolerante con las aficiones de los demás. No soportaba la música de las fiestas, ni las celebraciones de títulos futbolísticos. De hecho, no soportaba ni el ruido de los niños jugando en el parque que había justo debajo de su terraza.

Aparcó el libro con un suspiro antes de pasear la mirada por el salón del piso. Estanterías llenas de libros, una televisión que rara vez se encendía y unos muebles viejos que tenía que haber cambiado hacía siglos. Se levantó y fue a la cocina a beber un poco de agua, tal vez una excusa para levantarse y olvidar el ruido del exterior. Al pasar por la habitación sin ocupar, la puerta abierta le dejó ver la guitarra eléctrica en su caballete. Un instrumento que dejó de sonar desde que enviudó. La imagen le envolvió con un halo de pesar. Siguió hasta la cocina con la intención de olvidar.

Unos años atrás había sacado acordes limpios, solos de guitarra nítidos, como aquel «Hawaii 5.0» que tantas satisfacciones le había dado desde que consiguió sacar la pieza de «The ventures». O las introducciones de «Hotel California» o «Starway to heaven».

Pretendía volver a la lectura de aquel libro que tenía entre manos desde hacía unos días, y que había supuesto ya varias horas de entretenimiento. Ese tipo escribía bien, y lo mejor, entretenía. Era dinámico, cruel y sorprendente, un combo perfecto para pasar horas y horas pegado a sus páginas. Desde la marcha de Adela la lectura se había erigido en su compañía más preciada. La única que le daba satisfacciones.

Se sentó en su sillón de orejas tapizado con polipiel, ya desgastada de tantos años, a la que añadía de vez en cuando una funda de tela que había tenido mejores momentos y que ya tenía un color indefinido después de tantos lavados. El sonido callejero le impedía la concentración. Se levantó de nuevo y fue hasta la habitación.

Se quedó ante ella pensativo, mirándola con ternura y admiración. Había sido su compañera durante muchos años, pero ahora la tenía abandonada, limpia y cuidada, con las cuerdas aflojadas para que no doblara el mástil. La cogió entre sus manos como si fuera un bebé que de un momento a otro se iba a mover y caer de sus manos. Se sentó en una vieja cama de noventa que tenía en la habitación. El mueble se quejó bajo su peso, que tampoco era el de hacía años, y los muelles chirriaron con un quejido lastimero. Cogió el afinador nuevo comprado hacía unos años, que aún no había utilizado y lo adaptó con la pinza al clavijero. Afinó la guitarra con mimo, pausado, sacando las notas precisas para que el instrumento brillara antes de poner el primer acorde. El cable estaba junto al amplificador. Encendió el aparato y enchufó la guitarra. Un ruido de acople, como un disparo, le hizo recordar que había que enchufar antes de ponerlo en marcha para que no ocurriera aquello. Negó con la cabeza. Eran varios años con la rutina musical perdida y eso no se retomaba con tanta facilidad. Eran demasiados los detalles que podían hacer que aquello sonara maravilloso o que fuera un auténtico desastre. Él apostaba por lo segundo.

Adaptó los niveles para que el sonido saliera a su gusto. Eso sí lo recordaba. El «Chorus» en el nivel cuatro del amplificador y la «reverb» al cinco. Dudó si poner algún efecto más, pero para lo que iba a intentar no era necesario.

Puso el acorde de Si menor y arpegió como había hecho siempre. El sonido claro y limpio le recordó el siguiente acorde, Fa sostenido, el arpegio fluía fácil, a pesar de los años que llevaba sin tocar. Siguió con La mayor hasta que con el arpegio en Mi mayor una de las notas sonó sorda. Comenzó de nuevo la secuencia hasta que a la tercera vez salió redonda. «Hay cosas que no se olvidan, como montar en bicicleta», pensó satisfecho. La introducción de «Hotel California» había quedado más que decente.

Continuó durante más de una hora arrancando acordes y pequeños punteos a aquella guitarra que llevaba sin tocar más de cuatro años. Sin embargo, la satisfacción del sonido, los momentos que le evocaban, le hizo creer que no llevaba más de un par de días sin tocar.

Comenzó a dolerle la mano. Ya no era como antes, que podía tirarse horas y horas tocando los fines de semana. A Adela le gustaba tanto verle tocar y oírle. Se pasaba las horas mirándolo tocar desde el quicio de la puerta, con una sonrisa en los labios. Cuando enfermó se sentaba en una silla junto a la puerta y él tocaba las canciones que a ella más le gustaban.

Dejó el instrumento sobre el caballete y apagó el amplificador. Se sentía bien, más contento, incluso ya no le molestaba el ruido de las fiestas. Miró al libro que se apoyaba en la mesilla junto al sillón, pero no se decidió a sentarse. Cogió un sombrero y salió del piso.

Al bajar y salir por el portal, justo frente al escenario, se dio cuenta de por qué no le molestaba el ruido. Había un grupo de chavales de unos veinte años tocando versiones de grupos de rock. No lo hacían mal, aunque el sonido no era demasiado limpio. Decidió ponerse frente al escenario, junto donde confluían las direcciones de los dos altavoces por los que salía la mezcla.

Al ser una hora temprana casi nadie estaba cerca del escenario, la mayoría de la gente bebía y comía en las barras cercanas. Tres o cuatro parejas, sin duda los padres de los chicos, seguían con atención las melodías de sus vástagos.

Conocía a uno de los hombres de una de las parejas, era vecino suyo. No sabía que su hijo tocara algún instrumento.

Lo saludó y este se acercó a él.

—Mi chico toca la batería, Andrés—le dijo el hombre.

—No he escuchado nunca tocar a nadie por aquí.

—Toca en un local de ensayo que les ha puesto el ayuntamiento.

—¡Que bien! En mis tiempos eso era impensable—lo dijo sin acritud, pero con pena.

—Hace mucho que no tocas, Andrés.—No fue una pregunta, más bien una afirmación.

—Sí, desde que murió Adela—mintió, pensando en la última hora.

—Pues ya es hora que retomes eso. Te vendría bien. No solo de libros vive el hombre.

—Eso pienso yo. Daría lo que fuera por volver atrás y tocar en directo.

Siguieron hablando un rato mientras escuchaban y comentaban las canciones que iban tocando, algunas de ellas bastante conocidas para él. El hombre se fue y se acercó al escenario. Estuvo un poco hablando con su hijo y volvió con su mujer.

Al poco, el cantante, miró al frente, justo donde estaba él y anunció la siguiente canción. Estuvo misterioso, hablando de lo oculto de la canción como si fuera el presentador de alguna radio fórmula. Antes de decir el título, que él ya sabía, dijo:

—Para ello, queremos contar con la colaboración especial de un gran guitarrista de nuestra localidad: Andrés Castilla.

Se quedó de piedra. El chico le había nombrado y, de repente, todos los que estaban en los alrededores habían vuelto sus cabezas hacia el escenario. Dudando y mirando las caras de sus vecinos, comenzó a andar hacia la escalerilla lateral del escenario. Subió y uno de los chicos le colgó una Fender stratocaster. Le entregó una púa y le acompañó junto al cantante.

—Tú marcas el inicio—le dijo.

Nervioso como aquella primera vez que se había subido a un escenario, puso con poca destreza la nota Si menor y comenzó a tocar aquella progresión de acordes que tanto le gustaba a Adela. El misticismo de aquel hotel fantasma en el desierto de Los Ángeles, en la baja California.

Gracias por leer Los relatos de Antonio de Rosa! Suscríbase gratuitamente para recibir nuevos Post y apoyar mi trabajo.

Suscríbete a "Entre luz y tinta" para recibir actualizaciones directamente en tu correo
Antonio de Rosa

Suscríbete a Antonio de Rosa para reaccionar

Suscribirse

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!

Suscríbete a Entre luz y tinta para recibir actualizaciones directamente en tu correo