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Foto: Waldo Miguez (Pixabay)
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¿CASUALIDAD?
Vamos con otra historia de calvos, que dan para mucho.
De mi época de estudiante en Sevilla y, sobre todo, de mi vida atlética allí, es de donde mejores recuerdos tengo. Y este es uno de los más especiales. Por la compañía y el momento.
Mi amigo y compañero infatigable Mario y yo, quedábamos entre mi piso y su casa. Yo vivía en la Juncal y él, en el Tiro de línea. Subíamos por Ciudad Jardín y la Avda de la Cruz del Campo hasta la pista de San Pablo. Cargábamos con las zapas de clavos y a trotar.
Pues uno de esos días, como cada martes y jueves, subíamos contándonos nuestros avatares, él de sus oposiciones y yo de mis historias universitarias que también dan para varios hilos, cuando llegando a la altura del edificio de la Cruzcampo dice: ¡Ostias! Y se para.
Mi Mario, que es un tío que se escucha bastante y estaba siempre con achaques atléticos, hizo que me parara en seco. Yo, asustado porque pensaba que se había lesionado le digo: ¿Qué pasa, Mario?. Y me dice: Mira. Comienzo a mirar alrededor.
Nada.
Alguna señora con bolsas, chavales yendo a Los arcos, pero nada raro. Le digo: ¿Qué? Y él: ¡Que mires, cohone! Confuso me quedo mirando fijamente hacia él y me encojo de hombros. Se señala la cabeza. No era precisamente calvo, solo tenía unas entradas pronunciadas.
En una de esas entradas una mancha entre blanca, verde y oscura. Vamos, lo que viene siendo mierda de paloma. Empiezo a reírme y dice: ¡Con lo grande que es Sevilla!¡Me cago en la…!¡Y se le tiene que cagar la paloma al calvo, en la calva! ¿tienes un pañuelito?
Yo me agacho, no podía parar de reír, algo que se le contagia a él. Corriendo por medio de Sevilla voy a llevar yo un Kleenex, será mamón. Así estuvimos un rato, intentando quitar mierda de paloma de la calva del Mario. Cuando lo hicimos, seguimos nuestro camino hasta San Pablo.
Sevilla tiene 141,4 km cuadrados de superficie con setecientos mil habitantes, pero la paloma se le cagó al único calvo que iba corriendo un martes por la tarde sobre las seis y media, a la altura de la Cruzcampo. Un cúmulo de casualidades que me hizo pensar que éstas no existen.
EL RITUAL
Descansaba durante el día. Daba largos paseos, recreándose entre los árboles de color esperanza, esa que le faltaba. Los perros correteaban delante. Luego, se sentaba en un banco viendo la vida ir y venir. El olor fresco de la hierba inundaba sus pulmones.
Al volver a casa hacía la comida y en la sobremesa veía una telenovela. A las ocho comenzaba de nuevo el ritual. Se duchaba, se maquillaba, se vestía y salía a la calle. Con suerte una decena de hombres entrarían en ella. Solo esperaba que, esta vez, ninguno le pegara.
Hoy os traigo un artículo de la revista Muy Interesante, que me ha resultado muy ilustrativo para explicar un poco cómo somos los españoles y qué nos motiva a hacer las cosas que hacemos. Esto es solo una muestra de que lo nuestro no es algo de los últimos años, sino que somos así desde hace siglos. Espero que os guste.
LA HISTORIA DE LOS PROSTÍBULOS PÚBLICOS
“La alcahueta” de Johannes Vermeer (1656). Fuente Wikimedia.
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