Entre luz y tinta

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130988223.diecisiete-anos-esperando.html Antonio de Rosa

El impacto bajo el ojo fue tan fuerte que creyó que era una piedra. Al no notar más que una mayor sensibilidad en la zona supo que había sido un insecto. El extraño ruido que desprendió el bicho le hizo saber qué tipo era.

Los más de cuarenta grados hacían el aire irrespirable. El sol cegaba sus ojos con la intensidad de julio. Indalecio comenzó a silbar una melodía que, ahora, le resultaba extraña. Se equivocaba y volvía a comenzar. Los olivos ya mostraban las aceitunas con un tamaño aceptable, aunque la falta de agua y el calor no permitían su completo desarrollo.

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Se llevó la mano al rostro en el lugar donde había impactado el insecto. Cuando pasaba junto a algún árbol colonizado, la chicharra se callaba. Como no tenía mucho que hacer se dedicó a pasear por las claras de los olivos silbando y haciendo callar a esos bichos que, según decían, esperaban bajo tierra entre dos y diecisiete años antes de salir a la superficie y colonizarlo todo.

Había visto en las noticias cómo en Estados Unidos eran una plaga. Millones de chicharras acaparando ciudades enteras y mostrando una imagen apocalíptica.

No entendía por qué ocurría eso. Ahí, entre sus olivos, ni siquiera las veía.

Cuando llegaba el calor las oía cantar. También había visto en la televisión que, en realidad, no cantaban, sino que emitían su sonido con unas membranas que tenían en el abdomen, timbales, había dicho el presentador que se llamaban.

Un nuevo insecto chocó contra él, esta vez, contra sus gafas de sol. Alguna vez le había impactado una, pero dos el mismo día era algo inusual.

Se quedó mirando alrededor, el sombrero de paja para protegerse del sol. La camisa fina de manga larga para no quemarse y el pantalón gris, fino y ligero, para que el poco aire que corría se uniera al sudor para refrescarle.

Entonces fue cuando lo vio. Una mancha, a la altura de la copa de los olivos, de lo que parecían insectos. Temió que fueran avispas, aunque conforme se acercaban vio que eran chicharras. Ese comportamiento no era nada habitual. Eran seres solitarios, que colonizaban un árbol y emitían ese sonido para llamar a la hembra y poder gestarla, para así conseguir crear un nuevo ciclo, enterrando los huevos y esperar a que maduraran. Tras la cópula, morirían.

Pero eso que estaba viendo rompía las reglas de la lógica. Las chicharras macho nunca iban juntas, marcaban territorio. Sin embargo, ahí estaban, en extraña comunidad buscando algo que escapaba al alcance de su conocimiento.

Cada vez las veía más cerca y decidió esperar. El siseo era cada vez más audible, hasta el punto de ser ensordecedor en el momento en que estaban a pocos metros de él.

Cuando tuvo la mancha a pocos pasos se percató de la furia de esa marabunta de chicharras y comenzó a correr en la misma dirección que ellas. Sentía que se le echaban encima porque el sonido cada vez lo sentía más alto y cercano.

Tropezó con un tormo, cayendo al suelo y golpeando con la cabeza en una piedra que había en el terreno.

Las chicharras comenzaron a posarse sobre él hasta terminar de cubrirlo. Entonces comenzaron a cantar, emitiendo ese sonido característico de esos insectos. La melodía que emitían se parecía demasiado a la que había estado silbando Indalecio o, al menos, eso le pareció a él mientras perdía el conocimiento.

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Antonio de Rosa

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