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El impacto del mortero lo dejó aturdido. Los cascotes caían a su alrededor. Se encogió de hombros, pensando que así le harían menos daño, como cuando los encogemos los días de lluvia para mojarnos menos.
Instinto. Eso le había salvado: salió a toda prisa del edificio, bajando las escaleras sin mirar, sin constancia del peligro que suponía descender a esa velocidad. A falta de tres escalones trastabilló y cayó. Se levantó sin reparar en el golpe, que le había provocado una contusión en la rodilla. El pantalón se había rasgado por la zona. Cojeaba un poco, pero, aun así, continuó corriendo hasta que vio a los soldados al otro lado de la calle. Le hicieron gestos para que se apartara y no se expusiera a los disparos de los rusos. Fue cuando se pegó a la pared justo antes del impacto.
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El sol estaba en su cenit, día despejado, pero frío . No calentaba, parecía que se cubría con una pátina de niebla por delante para dejar el ambiente helado.
Miró a su alrededor, aún confuso, y se levantó rápido para desaparecer de allí. Tenía la ropa llena de polvo y la cara más blanca de lo habitual. Su pelo, castaño claro, fino y muy lacio, estaba impregnado de pequeñas motas que le daban un aspecto más joven de lo que era. Siguió hasta los soldados.
Cuando llegó hizo ademán de coger una de las armas que estaban en el suelo y que sus dueños no dispararían jamás. Uno de los soldados, apenas un par de años mayor que él en apariencia, negó con la cabeza y le marcó el camino que debía seguir para desaparecer de allí. Se resistió un poco, pero el soldado se mantuvo firme.
Pensó en su padre, que se había alistado unos días antes, o más bien, lo habían alistado. De su madre no sabía nada, ni de su hermano pequeño. En el anterior bombardeo se habían separado y les había perdido la pista.
Comenzó a correr en la dirección que le había marcado el soldado, pegado a los edificios para estar protegido. Desvalido ante el fuego enemigo, solo podía encomendarse a la suerte, a Dios o a lo que fuera que pudiera salvarle la vida. Solo llevaba una pequeña mochila con algunas cosas que había encontrado en una de las viviendas del edificio en el que había pasado la noche. Se levantó el cuello de la cazadora que llevaba y se caló el gorro un poco más.
Cruzó el puente de salida de la ciudad unos minutos después. Entonces fue cuando sintió el miedo. No había reparado en él. Tenía tantas ansias por salir de allí, que no le dio tiempo de pensar en nada más. Las lágrimas formaban pequeños surcos en las mejillas polvorientas, como ríos que descienden vertiginosos por las montañas.
Un grupo de personas formaban un corro entre los primeros árboles del bosque, junto a la carretera.
Nadie dijo nada, solo le hicieron un sitio frente a la hoguera que habían hecho para mitigar el frío. Le preguntaron si sabía dónde estaban sus padres. Se encogió de hombros. Le preguntaron su edad. Catorce, dijo. Una mujer lo miró con una mezcla de ternura y miedo.
—Mi hijo tiene quince—dijo ella—. Está en algún lugar de la ciudad luchando contra los rusos. Te has librado por un año.
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