127370909.buscando-la-suerte.html
Miraba a los lados nerviosa, apretando el bolso con fuerza. La respiración agitada y el pulso batiendo en sus sienes la mareaba. No estaba ya para esos trotes, pensó. Ochenta años son muchos para aquel tipo de encargos.
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No los oyó llegar. Cuando notó su presencia ya era demasiado tarde. Comenzaron a tirar del bolso. Sabían que portaba aquellos diez mil euros.
Todo sucedió rápido. Otros dos llegaron por detrás de ellos y la emprendieron a golpes con aquellos rufianes. Esos que habían desvalijado su casa, matando a su marido aquel día. Había investigado mucho, ya que la policía no hacía nada por encontrarlos. Con ayuda de esos chicos de la mafia local los había detectado. Casi un año habían tardado, pero merecía la pena.
Fue fácil atraerlos en la dark web. Les hizo saber, con pequeñas insinuaciones, tal
como le habían indicado los sicarios que había contratado, que iba a recoger el dinero en una sucursal bancaria. El resto fue sencillo. Les daría un dinero para un encargo. La trampa surtió efecto.
La policía llegó al poco, avisada por el banco. Los ladrones yacían en el suelo, y alguno no podría hablar en mucho tiempo. Los otros se habían ido al oír las sirenas. Ya les pagaría después.
—Señora, ¿está usted bien?
—Sí, agente. Si no es por unos chicos me roban otra vez.
—¿Otra vez?
—Sí, entraron en mi casa a robar y mataron a mi marido.
—Ya es mala suerte, señora.
—Sí, muy mala suerte—dijo la anciana mientras los dos agentes esposaban y metían en el coche a los asesinos de su marido.
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