125975689.la-maldicion.html
Era el día de su cumpleaños. La incertidumbre le abrumaba, no sin razón. Tenía una lista, en una vieja libreta azul de doble raya, en la que había apuntado los nombres de todos los nacidos en su mismo año, en su pueblo. Le decían que aquello era cruel, pero a él le hacía especial ilusión saber que seguía vivo, mientras iba tachando uno a uno los nombres de hombres y mujeres que iban muriendo. El problema es que todos habían muerto el día en que cumplían noventa y uno. Excepto Manuel, el junquero, que había muerto en los años ochenta en un accidente de tráfico, todos los demás iban muriendo en este año, y por riguroso orden de nacimiento. Lo había comentado con alguno; lo llamaban «la maldición del cumpleaños».
Unos por enfermedad, otros de muerte trágica, alguno de muerte repentina; todos claudicaban al cumplir los noventa y uno.
Eran las doce menos cinco minutos de la noche y tenía la mano con el bolígrafo encima de su nombre, inscrito en la libreta llena de tachones antes de él. Se había librado, la maldición del cumpleaños no había podido con él.
Satisfecho, se echó hacia atrás en la mecedora, aunque con más fuerza de la necesaria. El balanceo hizo que llegara hasta la punta, cayendo de espaldas y golpeándose la cabeza. Comenzó a ver todo negro. El bolígrafo aún en la mano.
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