Entre luz y tinta

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185621656.un-paquete-olvidado-cambio-dos-vidas.html Antonio de Rosa

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🖋️ Relato de la semana

EL TREN DE LAS 10:35

El reloj de la estación marcaba las 10:20. Veía moverse las manecillas con lentitud, como si el tiempo se negara a pasar. En su regazo, el paquete envuelto en papel marrón, ajado por el tiempo y los traslados, atado con una cuerda de rafia deshilachada por las puntas.

El hombre bien podría tener setenta y cinco o noventa años. Algunas arrugas profundas marcaban el paso del tiempo… o quizá habían sido las desdichas las que habían cuarteado la piel. Se acercaba a esa edad en la que hoy día uno no se considera viejo, aunque lo parezca.

Se removió incómodo y colocó de nuevo el paquete sobre sus rodillas.

No lo vio aparecer.

El joven tiró del cordel y el paquete desapareció del regazo del anciano. Este no se inmutó; solo dijo:

—No creo que te interese lo que hay dentro.

El ladrón se detuvo en seco. Tal vez pensó en lo cruel que era robar a un viejo que parecía esperar a alguien. Tal vez fue simple curiosidad lo que lo hizo volver.

Se giró y caminó unos pasos hasta el banco.

El anciano golpeó la madera con la palma de la mano, indicándole que se sentara. El joven obedeció. Ambos quedaron frente al reloj, que ahora marcaba las 10:25.

—¿Qué haces robando en una estación el día de Nochebuena? —preguntó el viejo.

—Para mí es un día más. Vivo en la calle.

El hombre asintió, con los labios apretados.

—¿A quién espera? —preguntó el joven.

El anciano tardó en responder. En realidad, ya no estaba seguro.

—A mi novia.

—¿No es usted demasiado mayor para eso?

—Nunca se es demasiado mayor para tener ilusión.

—¿A qué hora llega?

—En el tren de las 10:35.

—Pues ya podría haber envuelto el regalo con un papel más bonito —dijo el joven, esbozando una sonrisa.

El viejo se encogió de hombros; la tristeza le brillaba en los ojos.

—Es el mismo paquete.

—¿Cómo que el mismo paquete?

—Me dijo que vendría —continuó el anciano, como si no hubiera oído la pregunta.

—¿Cuándo? ¿Hoy?

—La Nochebuena del 64.

—No entiendo…

—Me dijo que vendría en el tren de las 10:35. Yo le preparé un regalo. Pero ella nunca llegó.

—¿Y vuelve usted todos los años?

—Cada 24 de diciembre, a esta hora.

—¿No tiene familia?

El anciano bajó la cabeza y negó despacio.

Las manecillas ya habían pasado las 10:30. Sus pies se movían nerviosos mientras alisaba el papel del paquete con manos temblorosas.

—La quería mucho, ¿verdad?

Un leve rubor asomó en sus mejillas, como si un hombre de su edad no pudiera permitirse ese sentimiento.

—Su padre tenía dinero. No quería que estuviera conmigo. La mandó fuera. Se suponía que volvería por Navidad.

—¿Nunca supo nada más de ella?

El viejo se encogió de hombros.

El sonido del tren comenzó a oírse al fondo de la estación. Ambos guardaron silencio.

El joven miraba expectante las vías.

El anciano contenía la respiración.

El tren se detuvo. Los pasajeros comenzaron a bajar.

El viejo dio un respingo al ver a una mujer de unos ochenta años descender con dificultad. Suspira y agacha la cabeza.

El último viajero bajó cuando el reloj marcaba las 10:37.

El joven apoyó la mano en el hombro del anciano.

Este asintió con los labios apretados. Se pasó la mano por el pelo cano y volvió a posar la palma sobre el paquete. En un gesto rápido, se lo ofreció.

—No puedo aceptarlo —dijo el ladrón—. Para usted es valioso.

—Ya no va a servir. Siempre tuve esperanza, pero esta espera contigo me ha hecho abrir los ojos. Véndelo. Al menos te dará de comer.

El joven dudó, pero aceptó. Antes de irse, se giró:

—¿Cómo se llama usted?

El anciano sonrió.

—Esteban. Esteban Murillo.

—Yo me llamo Jesús.

Y se marchó.

Esteban permaneció sentado unos segundos. Apoyó las manos en las rodillas, suspiró y se levantó con esfuerzo. Tomó el camino hacia la salida de la estación recordando aquellos meses… los más felices de su vida.


✒️ Consejo de escritura

El sentimentalismo no se escribe: se contiene.

Este relato funciona porque nunca empuja la emoción. No hay llanto explícito, ni grandes discursos, ni moralejas. Todo está en lo que se calla: las pausas, los silencios, los gestos mínimos.

Cuando escribas historias de pérdida o amor tardío, recuerda esto: cuanto más contenido esté el texto, más espacio tendrá el lector para sentir. La emoción verdadera no necesita subrayado.


📚 Sobre los relatos de espera y tiempo

Las historias que giran en torno a la espera son, en el fondo, relatos sobre el tiempo y la renuncia. El pasado que no vuelve, la esperanza que se estira hasta romperse, la dignidad de quien sigue esperando aunque ya sepa la respuesta.

Este tipo de narraciones beben de una una literatura que entiende que el verdadero conflicto no siempre está en la acción, sino en la resistencia silenciosa. En personajes que no luchan contra el mundo, sino contra el paso de los años y la certeza de lo perdido.

Son relatos profundamente humanos porque hablan de algo universal: la necesidad de creer que aquello que amamos no fue en vano. La estación, el reloj, el tren que llega tarde —o no llega— no son solo escenarios; son símbolos de una vida entera detenida en un momento.


📖 Novedades: El Predicador

El Predicador continúa avanzando con paso firme y sin prisas. Comienza a dar resultados el ebook, tanto en la versión de pago, a 2,99€, como en Kindle Unlimited.

Los comentarios de los lectores son muy positivos: a algunos les gusta el giro final que tiene, a otros el tratamiento del tema de la violencia de género dentro de la novela, a otros los personajes secundarios y como evolucionan a lo largo de la historia. Cada cual lo lleva a su terreno, a las historias que les gustan. Y eso hace que esta novela no tenga una sola lectura, sino que cada persona la lee de una forma diferente, y eso es lo que me anima a seguir, los lectores.

¡Lo quiero!

Gracias por seguir leyendo.
A veces, lo más importante llega… aunque no sea en el tren que esperábamos.

Nos leemos la próxima semana.

Antonio de Rosa

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