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Entre luz y tinta
EL CARRETE
Todos los que me conocen saben de mi pasión por la fotografía. Últimamente no me motiva tanto hacer fotos como buscar cámaras antiguas e intentar hacer fotografías nuevas con ellas. La última la encontré en una tienda de antigüedades.
Es una Zeiss Ikon Contaflex Super BC de 1965. Me enamoré de ella nada más verla. Quizás porque mi padre tuvo una igual a la que le perdí la pista cuando yo era un adolescente, desde que se compró la Contax RTS III a principios de los 90.
Comencé a hacer fotos con él en aquella época y poco a poco fui usándola yo más que él, pero siempre quise hacer fotografías con la Zeiss y nunca pude, porque desapareció. Le pregunté a mi padre, que solo se encogía de hombros cuando le preguntaba. “Tu madre, que lo guarda todo”.
Pregunté varias veces a mi madre y ella siempre me dijo que no había guardado ninguna cámara de mi padre, que sus cosas las guardaba y almacenaba él. Tampoco iba yo a entrar en discusión con ellos ni quería que ellos discutieran por algo que ya no estaba en uso.
Mi padre perdió la memoria hace tiempo, por lo que tampoco podía indagar en el paradero de la cámara. Y mi madre bastante tiene con cuidarlo con la edad que tiene y sin perder la cabeza ella también. Así que encontrar una Zeiss igual a aquella me ha hecho una ilusión enorme.
La sorpresa me ha asaltado cuando he llegado a casa y he comprobado que la cámara tiene un carrete de 24 fotografías dentro. Hacía mucho que no revelaba fotografías, casi todas las mando a un laboratorio para que me las impriman en papel fotográfico con nueva tecnología.
Pero aún conservo mi laboratorio en una habitación pequeña en casa. Es mi espacio privado en casa, ni siquiera mi mujer entra en ella. Está un poco hecha un desastre, pero me apresuré a ordenar todo aquello para comprobar si había alguna foto recuperable.
Mi sentido ético me hizo formularme varias preguntas: ¿era necesario revelar esas fotos y así romper la privacidad de alguien? ¿Haría daño a alguien que tantos años después revelara esos negativos? ¿Sería capaz de mantenerme al margen una vez obtenidas las fotos?
Muchas dudas que resolver, pero me pudo la curiosidad. Me propuse romper las fotos una vez reveladas y no indagar en aquello que estaba a punto de ver. Después de unas horas de un proceso que me embriagaba, comenzaron a traslucir las imágenes bajo la luz roja de la habitación.
Seguro que estáis esperando a que diga que la cámara era la de mi padre y confieso que yo también lo pensé, e incluso me ilusioné con la idea. Pero en el orden en que revelé las fotos lo primero que apareció fue una especie de enterramiento en una zona que conocía.
Eran los alrededores de la localidad, nada extraño visto que la cámara la había adquirido en el pueblo. Conforme miraba nuevas fotos parecía la secuencia de aquel enterramiento. Hasta llegar al momento en que un cadáver aparecía envuelto en una sábana.
En las fotos apenas salía alguien más, algunas personas, pero siempre de espaldas y sin poderse ver quiénes eran. Me puse nervioso porque aquello parecía un enterramiento prematuro de algún delito. Pero, ¿quién querría dejar constancia en fotos de un crimen?
Y, además, ¿fue todo tan prematuro que ni siquiera sacaron el carrete de la cámara antes de deshacerse de ella? Guardé las fotos rompiendo la regla que me había interpuesto de destruir las fotos. Aquello era un delito y no podía quedar impune.
La tarde la dediqué a visitar a mis padres. Deseaba que mi padre me abrazara y me agasajara como antes de empezar el peor ciclo de la enfermedad. Pensé que mostrarle la cámara de fotos igual a la que él había tenido podría remover algo en su interior que le recordara a mí.
Entré en casa y llamé a mi madre, que estaba tendiendo la ropa. Me encontré con mi padre sentado en su mecedora favorita. Le mostré la cámara con ilusión. Me miró a los ojos y sonrió:
—Paco—me dijo—. Has venido a por mí. No había sido una pregunta ni una afirmación.
Tengo que decir que no me llamo Paco. Mi nombre es Antonio, como mi padre. Lo miré confundido. Oí un ruido tras de mí. Mi madre acababa de entrar en la sala. Mi padre volvió a hablar:
—Mira, Aurora, ha venido Paco a llevarme. No lo enterraríamos muy bien porque se ha levantado.
El poder del giro inesperado y la ambigüedad
Este relato es un ejemplo de cómo construir suspense y rematar con un giro final que deja al lector impactado. Aquí os dejo un consejo clave inspirado en él:
Aprovecha la ambigüedad y lo no dicho: el protagonista no nos cuenta directamente “qué pasó”. Nos muestra indicios: una cámara antigua, un carrete olvidado, fotos inquietantes, la enfermedad del padre, una madre evasiva... Y, por supuesto, ese final escalofriante donde el padre confunde al protagonista con “Paco” y menciona un entierro.
¿Cómo aplicarlo? No subestimes la inteligencia de tus lectores. En lugar de explicarlo todo, sugiere. Deja huecos para que su imaginación los rellene. Un diálogo críptico, una acción inexplicable, una descripción que evoca más preguntas que respuestas... estos elementos pueden crear una atmósfera mucho más rica y un impacto emocional duradero. El misterio no solo reside en lo que ocurre, sino en lo que el lector cree que podría ocurrir, o lo que debió ocurrir. La ambigüedad puede ser tu mejor aliada para generar intriga y sorpresa.
Novedades editoriales de la nueva novela:
La fase de corrección final está completada y entregada a la editorial, imagino que estará en estudio para ver si les resulta viable, esperemos que sí.
Si hay alguna novedad por parte de ellos pronto desvelaremos el título y los posibles pasos, pero ahora mismo, solo queda esperar a que se resuelva.
Es una novela de aventuras, intrigas, misterios y…sigue habiendo arte, aunque en una época diferente a «El secreto del Nazareno». Capítulos cortos y saltos en el tiempo que te mantendrán pegado a sus páginas, giros inesperados y personajes nuevos que aportan frescura a la historia, aunque Salva y María siguen siendo los protagonistas principales.
Estad atentos a las próximas newsletters, donde revelaré más cosas.
Un destello en la oscuridad
Y con esto llegamos al final de este viaje por lo analógico y lo desconocido. Recordad, a veces, las imágenes más reveladoras no son las que tomamos, sino las que encontramos. Y los ecos del pasado, por muy enterrados que estén, siempre buscan una forma de resurgir a la luz.
Gracias por acompañarme en esta aventura literaria y fotográfica.
Hasta la próxima lente,
Antonio de Rosa
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