Entre luz y tinta

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161724050.el-beso-de-judas.html Antonio de Rosa

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Hola, Soy Antonio de Rosa, hoy os traigo un relato sobre la honorabilidad, la justicia y la traición. Este relato se llama:

EL BESO DE JUDAS

Los perros ladraban a mi paso con vehemencia. Pasaba casi cada día por el lugar y, alguna que otra vez, me habían ladrado, pero nada que ver con la intensidad de aquel día.

Comprobé mi olor corporal. Pensé en la cena de la noche anterior, un poco diferente a lo que solía cenar, pero nada que pudiera afectar a un animal. Al estar haciendo ejercicio era posible que eso hubiera alertado a los perros. No encontré nada extraño al comprobarlo. Además, cuando pasaba por la zona era porque estaba haciendo ejercicio, así que eso no debía ser. Era una zona de campo con casas desperdigadas a ambos lados del camino.

Seguí adelante y no le di más importancia al hecho. Me acerqué a otra zona de chalés donde también había perros. Antes de pasar ya ladraban, alguno incluso se encaramó a la valla intentando saltarla. Me asusté un poco, aunque estoy acostumbrado a lidiar con animales sueltos mientras corro.

En la última casa dónde había canes que pudieran ladrar coincidí con un hombre que iba andando en la misma dirección en la que yo corría. A él no le ladraron, pero cuando pasé yo comenzaron a hacerlo.

Esta vez el hecho me preocupó en extremo.

Me duché y me senté, taciturno, a desayunar. No paraba de pensar en esos animales que se habían estresado tanto al notar mi presencia. Quizás habían visto algo en mí que ni yo podía saber. Quizás solo estaban aburridos y comenzaron a contagiarse unos a otros para ladrarme y así divertirse un poco.

Me dispuse a ir al trabajo. Era un día importante para mí y para mucha más gente. Habían sido meses de trabajo y no podía permitir tener ningún error y que todo se fuera al garete. Puse música para concentrarme en el coche. Hice el camino más lento de lo habitual, quería llegar relajado y, además, iba con mucho tiempo. No había ninguna prisa.

Respiré hondo antes de entrar en el edificio. Subí la escalinata sabiendo que la prensa estaba pendiente de mí. Oí algunos flashes a mi paso, pero no les presté demasiada atención. Era normal. El caso estaba siendo seguido por millones de personas. La televisión, los periódicos e incluso, las redes sociales, se hacían eco de aquel hombre que había matado a un niño de ocho años.

La opinión pública lo había condenado mucho antes del juicio, sin las pruebas que requería el juez. Pero yo era su abogado defensor y sabía más del caso que la gente. Las pruebas que había eran todas circunstanciales, nada concluyentes.

Mi defendido había estado en el lugar, igual que cientos de personas.

La defensa había sido convincente y la gente había ido cambiando su opinión conforme pasaban las semanas y se iban conociendo detalles del caso. Mi defendido era optimista, al igual que todos nosotros.

Aunque enfrentarme a un jurado popular por primera vez en mi vida como abogado, no era plato de buen gusto. Sobre todo, porque eran muchas personas a las que convencer de que mi defendido era inocente, cuando ya se habían hecho una opinión formada del caso.

La acusación intentó conmover al jurado, al juez y a los presentes mostrando fotografías del niño, ya muerto. Algo que hizo que varias personas se derrumbaran mostrando mucho dolor. Incluso la abogada de la acusación lloró, haciendo alarde de una gran interpretación, al mostrar algunas de las imágenes en las que el niño aparecía golpeado con una brutalidad difícil de digerir para una persona con un mínimo de conciencia. Hasta a mí me impactaron las fotografías, aunque me supe contener y no mostrar el más mínimo atisbo de empatía. Tenía que defender a mi cliente y no podía darles aquello que buscaban, que yo me congraciara con la acusación para condenar a mi defendido.

Las dudas seguían sobrevolando por la sala. Los familiares del niño estaban presentes y eso hacía que la balanza se inclinara del lado contrario a mi cliente. Él estaba tranquilo. Seguía seguro de sí mismo, no había hecho nada y creía en la justicia.

Era mi momento. Lo tenía todo preparado para triunfar. Mi discurso final debía poner la puntilla al caso, conseguir que la gente se emocionara y poder lograr que mi defendido saliera indemne de aquella situación, en la que había caído casi por casualidad: estar en el lugar erróneo en el momento erróneo.

El discurso haría que el caso se reabriera. Tenía pruebas fidedignas de que mi cliente estaba allí, pero había una persona que lo vio en compañía. El problema era que esa persona, por tener un status social alto, no quería ver su nombre involucrado en el caso. Después de investigar la veracidad de su relato, supe que mi defendido no tenía nada que ver con la muerte del chico. Pero su acompañante de aquel día, según todos los datos, había quedado a solas con el niño cuando mi defendido se fue de allí. Comencé a investigar por mi cuenta y llegué a la conclusión, con las pruebas que se hallaban en mi poder, que el verdadero asesino del niño había sido el hombre que acompañaba a mi cliente aquel día. Él no quería acusarlo de nada, pues no tenía pruebas. Aunque sabía de su interés por los chicos menores de edad, algo que censuraba, pero en lo que no quería inmiscuirse.

Sin embargo, yo sí tenía una prueba irrefutable que haría que pudiera ser acusado de la muerte del chico. La altura desde la que recibió uno de los golpes no concordaba con la de mi defendido, aunque el ministerio fiscal y la policía adujeron que podía ser porque estuviera subido en algún lugar, como una silla, antes de dar ese golpe.

La altura coincidía con la del acompañante aquel día, pero nadie había valorado que pudiera ser el asesino. Era un hombre conocido, entrañable, al que todo el mundo apreciaba y quería. Pero tras esa máscara de bonanza se escondía un monstruo que iba sembrando el terror allá por dónde pisaba. Mi cliente sabía de la oscuridad de su alma, pero era su amigo y no quería implicarlo en algo de lo que no estaba seguro.

Yo ahora sí lo estaba. La llamada que recibí anoche me sacó de dudas. Fue él mismo. Se presentó. Me pilló de sorpresa. Con la deriva que iba tomando el juicio pensé que era para felicitarme porque iba a salvar a su amigo. Craso error el mío. Me decía que si mi cliente salía inocente tendrían que seguir buscando al culpable. Que sería mucho más sufrimiento para la familia, que ya tenía su culpable. Ahí comencé a atar cabos: el dictamen del informe del forense, el que no quisiera testificar a favor de su amigo diciendo que estaba con él y aquella llamada extraña.

Le dije que mi obligación era ayudar a mi cliente a ser declarado inocente y estaba a punto de conseguirlo. Me hizo un ofrecimiento que no pude rechazar. Una cantidad de dinero exorbitante que me daría para vivir con tranquilidad muchos años a pesar de mi juventud. Era probable que no tuviera trabajo de abogado defensor en mucho tiempo, por haber perdido un caso que se había puesto tan de cara, pero la cantidad me hizo dudar.

Ahora venía lo complicado: darle la vuelta a la tortilla para que el jurado pensara de nuevo que mi defendido era culpable.

Era el momento. Me acerqué a mi defendido, apoyé mi mano en su hombro con naturalidad y al seguir haciendo el alegato final dudé. Mi interpretación pilló por sorpresa a todos, incluido el juez. Había dicho que mi cliente había abandonado el lugar solo y no pude situarlo en un entorno que le diera una coartada. Aunque rectifiqué rápido, siempre siguiendo con mi interpretación, ya era tarde. Mi cliente se levantó con la sorpresa dibujada en el rostro. Las manos a ambos lados del cuerpo, con las manos extendidas hacía arriba, como suplicando que aquel error no estuviera sucediendo. La mirada indulgente me traspasó. Retiré la mía ante la vergüenza que sentí en ese momento. Él se percató en aquel instante de lo que había sucedido. Se sabía inocente y en ese momento supo quién era el culpable. Y también supo que me había comprado, como el sanedrín con Judas. Con la diferencia de que yo no sería tan honorable como el discípulo traidor y no me quitaría la vida. Al contrario, pensaba vivir muy bien, aunque fuera a costa de un hombre inocente. Pero, así es la vida.


Muchas gracias por llegar hasta aquí.

Nos leemos en una semana.

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