Entre luz y tinta

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161222604.te-cuento-un-cuento.html Antonio de Rosa

Hola, soy Antonio de Rosa, y hoy os traigo un cuento de Semana Santa. En realidad, es un cuento sobre una de las costumbres de mi pueblo, una de las comidas típicas en estos días de Semana Santa. Es un pequeño homenaje a esas madres que se pegan el Jueves Santo cocinando para que , una vez terminada la procesión del viernes, esté todo listo para que la familia pueda disfrutar de esos manjares.

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TORTILLITAS DE BACALAO

Jueves Santo por la tarde y el olor de las tortillitas de bacalao subía hasta la segunda planta de la vivienda, como ese hilillo de aroma que se ve en las películas de dibujos animados.

Los dos hermanos, Ismael y Daniel, estaban en sus camas hablando de bandas, santos y procesiones. En cuanto el olor se filtró por debajo de la puerta de la habitación ambos, movidos por un resorte, saltaron de sus camas y, compitiendo por ver quién pasaba primero por la puerta, encararon una bajada fulgurante hasta la pequeña cocina del hogar.

Al llegar, una gran olla descansaba sobre los fogones de la cocina. Daniel, el más pequeño de los hermanos, alargó su mano hacia la olla, pero su madre, con una tapadera enorme, que parecía más grande que la olla, cortó el paso de la mano del chiquillo y colocó la gran tapa sobre la olla. Inexplicablemente la tapadera encajaba perfectamente con el nuevo recipiente de las tortillitas.

La madre se colocó delante de la olla y dijo:

—Todo el mundo fuera de la cocina.

—Pero mamá, una nada más—dijo Ismael.

—Hasta mañana no se comen tortillitas—se excusó la madre.

—¡Es qué…!—comenzó a decir Daniel.

—Ni es qué, ni «es ca»—acabó su madre la conversación.

Los hermanos salieron apesadumbrados de la cocina hacia el salón, donde su padre los miraba sonriente.

—¿Por qué te ríes papá?—preguntaron los dos hermanos al unísono.

—Porque yo las voy a probar luego— se burló el padre.

—¡Qué gracioso!— dijo Daniel cruzando los brazos y frunciendo el ceño.

—¿Tenéis ya preparado todo para la procesión de mañana?—preguntó el padre.

—Mamá nos tiene la túnica y el capillo preparado. Solo nos queda mañana recoger el incensario y la naveta antes de comenzar la procesión.

—¿Tenéis preparados los zapatos negros? No os quiero ver con zapatillas de deporte. Las reglas dicen que sandalias o zapatos negros. Hay que ser formales- insistió el padre.

—Claro, papá. Ya está todo preparado. ¡Vamos a dar una vuelta!

Los hermanos salieron de la casa hacia el centro del pueblo. Allí se encontraron con otros amigos y comenzaron a especular sobre la carrerilla del día siguiente. Así pasaron su tarde previa al Viernes Santo.

Llegado el esperado día, se levantaron temprano y se colocaron cada uno su túnica, su cinturón de guita y sus zapatos negros. Ismael se puso el capirote antes de salir de casa, era una costumbre que tenía. Por el contrario, Daniel, no se lo puso, porque se agobiaba un poco con él, y se lo colocaría justo antes de comenzar la procesión.

Fueron hasta la iglesia. En cuanto pasaron por la pequeña puerta trasera de la parroquia, se dirigieron hacia la sacristía. Allí se congregaban la mayoría de hermanos que conformaban la Junta de Gobierno de la Hermandad. Uno de ellos vio a los niños y se fue hacia un pequeño habitáculo en el que se guardaban enseres de la Hermandad. Cogió un incensario y se lo entregó al hermano mayor, Ismael. Al pequeño, Daniel, le dio una naveta plateada y un cestillo donde llevar unas pastillas de carbón.

Comenzaron ambos hermanos el ritual de encendido del incensario, colocando dos carbones y encendiendo uno de ellos para que prendiera. Una vez al rojo vivo uno de los carbones, Daniel, colocó una generosa cucharada de incienso encima del carbón ardiendo. Pronto, se formó una nube de humo que hizo que todos los que estaban en la sacristía miraran en dirección a los hermanos.

—Niño, ¡Echa pa´lla el sajumerio!—dijo uno de los que estaban sentados en el banco de entrada de la sacristía.

—Mejor os vais al centro de la iglesia para hacerlo. Allí vais a estar más anchos y no protestará nadie. Que aquí son todos unos cascarrabias—dijo uno de los veteranos de la junta de gobierno.

Los hermanos asintieron y se dirigieron hacia la nave central de la iglesia. Ya se congregaban bastantes hermanos, algunos con los capirotes puestos y otros, como el pequeño de los hermanos, sin poner aún. Ismael indicó a su hermano que se lo pusiera, en breves momentos se iba a formar la procesión dentro de la iglesia.

Los encargados de organizar la procesión les indicaron dónde debían colocarse cuando estuvieran en la calle. A ellos les había tocado entre Nuestro Padre Jesús Nazareno y San Juan. “Era un buen sitio”, pensó Ismael. Así podrían también turnarse con los del tramo de San Juan a la Virgen de los Dolores para poder ver toda la procesión.

La procesión, como cada año, se les hizo cortísima, y es que, cuando vas por dentro de la procesión y puedes moverte libremente por ella, se hace más amena que cuando estás en la fila, de nazareno. Este año, lo habían disfrutado pero, alguna vez, tendrían que volver a la fila. Lo normal era estar unos dos o tres años como portador de incensario. Normalmente suelen llevarlo niños, así que lo del incensario sería pasajero. Había que disfrutarlo.

Toda la entrada de la hermandad salió a pedir de boca. Dentro del templo, visitaron cada una de las imágenes antes de ir a casa a comer, pues ambos estaban bastante hambrientos.

Cuando llegaron a su casa, la mesa ya estaba preparada para comer, pero las tortillitas de bacalao no estaban por ningún lado. La olla había desaparecido. Fueron hasta la cocina y nada, no se veía.

Miraron a su madre preguntando con los ojos dónde estaban sus anheladas tortillitas. Su madre dijo:

—No queda ninguna. Ha pasado mucha gente por la casa: costaleros, de la banda, algún romano, los titos, y todos han comido tortillitas junto con el refresco que le hemos dado.

—¡Pero mamá!—exclamaron al unísono los hermanos.

—Lo siento hijos, queda ensaladilla, bacalao frito y gambas. Para comer hay—dijo mientras se dirigía a la cocina para terminar de poner la mesa.

Los hermanos se sentaron tristes y enfadados cada uno en el sitio que habitualmente ocupaban a la hora de comer. Enfurruñados estaban mirando a su padre sonreír, de nuevo.

—¿De qué te ríes, papá?—dijo Daniel enfadado.

—Yo las probé anoche—dijo el padre.

—¡Qué gracioso!—esta vez fue Ismael el que hizo la exclamación mostrando su enfado.

Entonces, como un milagro de Viernes Santo, apareció su madre con una enorme fuente repleta de tortillitas de bacalao, que ella siempre tenía destinada para los dos hermanos.

Ismael y Daniel cogieron a manos llenas y comieron tortillitas una tras otra hasta que la fuente estuvo vacía. Mientras, tanto su madre como su padre los miraban sonrientes viendo cómo disfrutaban los niños, con esa comida tan típica de la Semana Santa.


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Espero que os haya gustado este cuento de Semana Santa.

Nos leemos en una semana.

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Antonio de Rosa

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