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EL MISTERIO DE LOS REGALOS MALDITOS
Como cada cinco de enero, en Aparicio el Grande, se organizaba una cabalgata que recorría las calles del pueblo. Con tres carrozas para cada uno de los Reyes, más la de la Estrella de la ilusión y dos o tres con temas de moda, según el año y la disponibilidad de personal, para acondicionar los remolques de los que después tirarían varios tractores.
Este enero no iba a ser una excepción, pero el ayuntamiento decidió mantener en secreto las figuras de los Reyes Magos, normalmente personas del pueblo que habían sido importantes durante el último año.
Los niños esperaban ansiosos los caramelos que tiraban los Reyes y los posteriores regalos.
Pero desde el primer momento algo fue mal.
Melchor tiró la primera pelota, acompañada de una pistola de dardos con ventosa. Uno de los niños cogió el balón, pero el que cogió la pistola decidió dispararla nada más tomarla. El dardo, con su ventosa, fue a parar al ojo del niño que había cogido el balón. El grito estremeció a toda la gente que presenciaba el cortejo y, con rapidez, atendieron al niño, que ya presentaba el ojo inflamado y con mala pinta.
Poco más adelante, al lanzar un buen puñado de caramelos uno de los niños cayó entre las ruedas del remolque que transportaba a Gaspar. Este ni se inmutó ante el revuelo. El niño tuvo suerte, aunque una de sus piernas quedó atrapada por el pernil del pantalón, el remolque paró y todo quedó en un susto, aunque la gente ya llevaba rato con el miedo en el cuerpo.
Cuando se acercaban al final del recorrido, Baltasar se levantó de su asiento y fijó su mirada en uno de los niños que estaban cerca de su carroza y lanzó hacia él una caja. Al abrirla, pensando que era un juguete, el niño se encontró con un sapo dentro de la caja. El niño soltó la caja y la tiró al suelo. El sapo comenzó a saltar entre la gente, que lo miraba con asco.
Aquello estaba fuera de lugar, la gente protestaba y cuando miraron de nuevo hacia las carrozas, los tres Reyes Magos habían desparecido.
El alcalde se encontraba en la plaza del pueblo y la gente le pedía explicaciones por lo que estaba pasando.
—No sé quiénes son los Reyes Magos. Llamaron hace unos días al ayuntamiento ofreciendo mucho dinero por salir en la cabalgata.
—Has puesto en peligro a nuestros hijos—dijo uno de los cabecillas de la turba.
El alcalde se disculpó ante ellos y dijo que cogerían a tres personas del pueblo, de los que estaban allí, para entregar los regalos a los niños.
Aunque la gente siguió protestando, una de las personas que estaba viendo la cabalgata vio un sobre en el suelo, justo donde estaba la carroza de Baltasar. Avisó al alcalde y se la entregó.
El principal edil leyó la misiva y se le fue demudando el rostro conforme avanzaba.
—Lo siento. Me han engañado. Pensé que el ofrecimiento era sincero—dijo el alcalde.
—¿Qué pone en la carta?—volvió a preguntar el cabecilla.
—Necesitaban el dolor de tres niños de la cabalgata para tener prosperidad, una especie de conjuro. Por eso han salido corriendo, no han conseguido su objetivo. El último niño no se ha asustado con el sapo y por eso no ha sufrido ningún percance.
—¿Algún tipo de magia negra?
El alcalde se encogió de hombros ante la pregunta. Lo cierto es que aquellos tres personajes, aprovechándose de la buena voluntad del alcalde habían puesto en peligro a los niños del pueblo.
—Allí, allí—dijo una mujer que miraba hacia la esquina.
Tres personas llegaban vestidas de Reyes Magos.
La gente abrió paso y los rodeó, increpándoles por lo que había sucedido en la cabalgata.
Melchor levantó la mano para intentar acallar a la gente. Los vecinos pudieron comprobar que no se parecían a los Reyes de la cabalgata, y que sus barbas eran verdaderas, sus ropajes ricos en calidad y Baltasar no tenía rastros de pintura en la cara como el de la carroza.
Un sonido de trompetas, muy diferente a las músicas actuales que sonaban en los altavoces de la cabalgata, hizo a todos volver sus rostros en la dirección en que habían aparecido aquellos supuestos Reyes. Una cantidad inmensa de pajes venían acompañando varios carros, tirados por mulas, llenos de regalos. La gente asombrada miraba al alcalde que estaba tan sorprendido como ellos.
—Sabemos lo que ha ocurrido y venimos para arreglarlo—dijo Melchor sonriendo.
Espero que os haya gustado este relato navideño.
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Nos leemos la próxima semana.
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