Entre luz y tinta

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143780265.va-uno-de-granada-por-sevilla.html Antonio de Rosa

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ALONSO

La anciana permanecía quieta en aquella silla desvencijada. Si no hubiera estado seguro de haberla visto sentarse y moverse alguna que otra vez, habría pensado que estaba muerta.

La veía cada tarde cuando pasaba por aquella plaza que llamaban de la alfalfa, sin duda, por todos aquellos lugares que vendían esa nutritiva hierba para las bestias y para los más pobres que, en la Sevilla de 1614, que era la que Alonso pisaba, eran muchos.

Muchos pobres, muchos ricos de rancio abolengo, muchos nuevos ricos y muchos pilluelos que buscaban hacerse con la bolsa de algún despistado. Cuando no tenían o no querían realizar su indigna labor, se dedicaban a molestar a los que, aunque jóvenes como ellos, querían trabajar y buscarse un futuro. Ya lo había escrito don Miguel en el siglo anterior, cuando contó la historia de Rinconete y Cortadillo en esa misma Sevilla.

Alonso, con sus útiles de dibujo prestos para inmortalizar a la anciana, se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas. El papel sobre una tabla que descansaba sobre las piernas y el carboncillo en la mano diestra, como le había enseñado Francisco de Pacheco, su maestro. Sin embargo, fue su compañero aprendiz Diego Rodríguez de Silva y Velázquez quien opinaba que los mejores retratos se encontraban en la calle. Por eso cada día visitaba plazas y callejuelas para encontrar el retrato perfecto.

Uno de aquellos pillos pasó por su lado y lanzando un grito dijo a otro que andaba en el extremo contrario de la plaza:

—¿Pero es que de Granada puede salir algo bueno?

Alonso respiró profundo sin querer entrar en discusión, pues le habían advertido en los talleres. Siguió con su tarea sin hacer caso.

Los pillos, que sabían que Alonso era de sangre caliente, le provocaban.

—Y además dicen que son todos infieles, que la mayoría son aún moros.

Alonso levantó la cabeza y miró al zagal. Estaba sucio y las ropas habían vivido tiempos mejores. El otro lo miraba con atención.

—Y usted no llega a hideputa—le dijo Alonso.

Ahí se formó el lío. Los dos fueron en busca del aprendiz granadino y se enfrascaron en un cruce de golpes con los puños, con los pies e incluso, con la cabeza.

El retrato quedó en el suelo inservible.

Los dos pillos se fueron corriendo pues veían que Alonso se defendía bien.

Lleno de moratones recogió sus bártulos y se encaminó hacia el taller de Pacheco, donde residía. Solo esperaba no tener que dar muchas explicaciones.

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