Entre luz y tinta

143576963.la-cabra-siempre-tira-hacia-el-monte.html

143576963.la-cabra-siempre-tira-hacia-el-monte.html Antonio de Rosa

¡Gracias por leer Los relatos de Antonio de Rosa! Suscríbete gratis para recibir nuevas publicaciones y apoyar mi trabajo.

SALVA

Miraba, con la altura que le proporcionaba la muralla de la Fortaleza del Sol, hacia el campo de Lorca, moteado de casas blancas dispersas.

Se preguntaba cómo se había metido en aquel embolado de imágenes barrocas, búsqueda de sus orígenes y personas que matarían por ocultar la verdad.

Una aventura que le mantenía vivo. Su mente se relajó y le llevó a su adolescencia.

Tendría trece o catorce años, nos recordaba bien. Aquel incidente lo marcó, y no solo en el cuerpo. Le hizo querer más aventuras como aquella.

Fue su primo el instigador, o quizás fue él, había pasado tiempo y la realidad se confundía con la imaginación. La adrenalina de aquel día le hizo imaginar más cosas de las que ocurrieron en la realidad.

—Vamos al castillo—dijo su primo.

—Nos van a regañar—contestó Salva—. No quieren que subamos ahí.

El castillo al que se referían no era un castillo real. Sino la estructura de un antiguo molino árabe, rehabilitado en su momento y abandonado después. Se caía a pedazos.

Subieron por la escalera semiderruida y se adentraron en aquel lugar , lóbrego y oscuro en algunos momentos; luminoso por la falta de techumbre otros.

—Nadie nos va a ver—dijo su primo.

Salva se encogió de hombros aceptando el envite. A él también le apetecía.

Subieron por la escalera semiderruida y se adentraron en aquel lugar lóbrego y oscuro en algunos momentos; luminoso por la falta de techumbre en otros.

Llegaron hasta un pequeño pasillo por el que caía el agua que movía la noria del molino, ahora inexistentes. Estaba atravesado por unas barras de hierro cada pocos pasos para sujetar la estructura y que el agua no erosionara el pasillo. Fue llegando al final cuando lo vieron. El Carambú miraba en su dirección. Manoteaba y les gritaba que bajaran de allí. Lo hacía con un enfado creciente. Salva no había visto sonreír a ese hombre nunca.

Se giraron a toda velocidad y comenzaron a correr en dirección contraria a la ida. Tenían que salvar las barras de hierro. Empezaron a hacerlo por arriba, estaban a la altura de la cadera, quizás más bajo, pero pronto se cansaron y pasaron por debajo.

Salva iba delante, su primo detrás.

Un nuevo grito del Carambú hizo que Salva diera un respingo justo en el momento en que pasaba por debajo de uno de los hierros. Se dio con él en la espalda. Le provocó un dolor inhumano, aunque siguió corriendo por miedo a aquel hombre que tenía una casetilla al otro lado del molino. Llegaron hasta la escalera de nuevo, entre risas, bajando hasta el patio de la casa que habitaban los abuelos de Salva. Su padre había llegado, pensó Salva al ver el coche.

En la puerta, el Carambú hablaba con su padre mientras ellos bajaban por la pequeña cuesta que llevaba a la casa.

Pensó en el castigo que le impuso su padre por las quejas y advertencias de aquel hombre. María llegó a su lado y miró hacia la huerta de Lorca, señalando la torre del Santuario de la Virgen de las Huertas. Sintió un picor en el lugar donde se golpeó con la barra de hierro.

Si quieres saber más sobre «El secreto del Nazareno» visita la web https://elsecretodelnazareno.com/ donde podrás conocer los enclaves, personajes e imágenes de la novela.

Si quieres comprarla aquí te dejo algunos enlaces.

todostuslibros

AGAPEA

Amazon

Compartir

¡Gracias por leer Los relatos de Antonio de Rosa! Suscríbete gratis para recibir nuevas publicaciones y apoyar mi trabajo.

Suscríbete a "Entre luz y tinta" para recibir actualizaciones directamente en tu correo
Antonio de Rosa

Suscríbete a Antonio de Rosa para reaccionar

Suscribirse

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!

Suscríbete a Entre luz y tinta para recibir actualizaciones directamente en tu correo