Entre luz y tinta

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141819066.todos-lo-haremos-mejor-en-el-futuro.html Antonio de Rosa

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LA PARCELA DE LA VIDA

Miraba al horizonte mientras la tierra árida, seca, emitía partículas de polvo que brillaban con aquella luz tardía del sol. Los rayos del astro rey no dañaban las pupilas, próximo a desaparecer por el oeste, dejando a su paso un rastro anaranjado muy relajante.

La sequía y el cultivo descontrolado durante años había dejado aquel terreno yermo, con un color blancuzco que denotaba que no había nutrientes. Se cuarteaba con aspecto de ser un desierto, como el de aquella película del oeste donde solo había sal en la superficie, aunque no era solo la apariencia.

Maldije para mis adentros. ¿Cómo habíamos permitido aquel crimen?¿Por qué habíamos sido partícipes de aquel atentado contra nuestro hábitat?

Me giré y puse rumbo hacia la otra zona de la población. Al llegar, un aroma a hierba fresca me golpeó, colmándome de felicidad. Vi aquel vergel, que conseguimos entre toda la población con mucho esfuerzo, a lo largo de los años. Al principio fue duro, mucho trabajo, muchas bajas, pero, poco a poco, logramos tener una enorme parcela de aprovisionamiento para todo el año. A mis ochenta años había visto crecer aquel lugar y me sentía muy orgulloso de aquel pequeño paraíso, con tomates, cebollas, pimientos, muchos frutales y algún espacio dedicado a los cereales, aunque estos también los adquiríamos de poblaciones cercanas que habían copiado nuestra técnica. Lástima que muchos quedaran en el camino y no pudieran ver aquello que yo estaba presenciando.

Una mano salía de la tierra. Me acerqué y comprobé que era el lugar en el que habíamos enterrado a Nicasio, hacía poco más de dos meses. ¿Cómo lo habíamos hecho tan mal? El cuerpo desnudo tenía que estar en contacto con la tierra para proporcionar nutrientes en un futuro, pues esa zona estaba en barbecho.

Cogí una azada y con mucho cuidado retiré la tierra alrededor de la mano y la enterré de nuevo con cariño, con suavidad. Él ya era parte de nuestro vergel y debía sentirse orgulloso. Por muchos como él podían comer los demás y seguir sus vidas.

Ahora yo era el encargado de «la parcela de la vida», como le llamábamos en el pueblo.

A mí me quedaban solo unos meses para formar parte de ella, por eso era el encargado ese año, justo antes de cumplir los ochenta y uno.

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Antonio de Rosa

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