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UNA CENA EXTRAÑA
Entramos en la vivienda, cálida y luminosa. El árbol, con más luces que en años anteriores, estaba en la esquina, junto a la chimenea. Un par de troncos gruesos ardían, aunque ya no se veían llamas.
Al llegar a la mesa vimos a un hombre sentado, el pelo y la barba largos, muy delgado, con ropas que podrían pasar por las de un mendigo. ¿Qué había hecho mi madre?¿Dejar pasar a un mendigo para la cena de Nochebuena?
—Aquí tienes a tu hermano, Enrique—me dijo mi madre señalando al intruso.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mi hermano había fallecido quince años atrás, aunque mi madre nunca lo había superado.
Me tranquilicé un poco, respiré hondo y asentí. No era el momento de formar ningún espectáculo, aunque a mi madre parecía que cada vez se le iba más la cabeza.
Me quité el chaquetón al igual que mi mujer, Benedetta, con la que llevaba casado ocho años y a la que había conocido en un viaje de trabajo a Roma. Me miraba extrañada, aunque yo le hacía gestos para que me siguiera la corriente. Según nos habían dicho los médicos desde el diagnóstico del Alzhéimer de mi madre, este tipo de actos eran posibles y cada vez confundiría más la realidad con lo imaginario.
El hombre devoraba con fruición parte de un plato de queso y lo acompañaba con largos tragos de vino de una copa inmensa. ¿De dónde había sacado mi madre aquella copa?
Después de sentarme miré fijamente al hombre y este me devolvió un encogimiento de hombros por toda respuesta.
—¿Cómo te llamas?—pregunté al hombre que seguía comiendo sin parar.
—¿Cómo se va a llamar?—intervino mi madre—¿Es que ya no recuerdas el nombre de tu hermano?
—Claro que lo recuerdo, pero quiero escucharlo de su boca.
—Habla poco—siguió mi madre.
—Me llamo Joaquín—dijo el hombre con un acento un tanto extraño.
—¿Casualidad o te lo ha dicho mi madre cuando te ha recogido de la calle?
El hombre volvió a encogerse de hombros.
—¿De dónde eres?—le pregunté indagando aún más.
—De aquí, de allí, de muchos sitios—respondió enigmático.
—Bueno, pues cuando cenemos aquí cada uno se va a su casa, el que tenga, y ya hemos hecho la buena acción del día.
—No le hables así a tu hermano, que lleváis sin veros catorce años—regañó mi madre.
—Quince, mamá. Joaquín murió hace quince años.
Soltó enfadada el trapo que tenía en las manos y con el que iba a sacar el pollo relleno del horno. Desapareció de allí y oímos la puerta del baño cerrarse con fuerza.
Benedetta posó su mano en mi brazo para que me tranquilizara. Miré de nuevo al hombre, que tenía su mirada fija en mí.
—¿Y tú que miras?
—No le hables así. Es una buena mujer—volvió a resonar el acento en el salón.
—¿Y qué sabrás tú?
—¿Así entiendes tú el espíritu de la Navidad, hermanito?
—A mí no me llames hermanito. Mi hermano murió hace quince años.
—¿En el Annapurna, en Nepal?
—¿Eso también te lo ha contado ella?—dije cada vez más enfadado.
El hombre volvió a encogerse de hombros mientras mi madre se sentaba a la mesa con ojos llorosos; aun tenía la respiración entrecortada por el llanto.
—No me gusta veros pelear. Nunca me ha gustado.
Asentí intentando hacerle pasar aquella noche lo mejor posible. Lo dejaría pasar, aunque la actitud de aquel tipo me ponía de los nervios.
—A mi hermano siempre le ha gustado chincharme un poco.
Miré de nuevo con ojos endurecidos y la mano crispada asiendo el cuchillo. Como siguiera en aquella actitud no respondía de mis actos.
—Como aquella vez, ¿Te acuerdas, Joaquín?—preguntó mi madre al extraño.
El mendigo asintió encogiéndose de hombros.
Ya no pude aguantar más y espeté:
—Ya vale con las tonterías. Mamá, este tipo es un mendigo que viene a aprovecharse de tu buena voluntad en la Nochebuena.
—Me dijiste que me subiera a la higuera,—dijo el hombre—que no fuera un cobarde. Me subí a la primera rama, seguí un poco más y al trepar a la siguiente resbalé y caí sobre el césped, pero la cabeza golpeó en una piedra.
—¿También te lo ha contado ella?—dije señalando a mi madre con el pulgar.
El hombre apartó el pelo un poco hacia atrás y dejó a la vista una cicatriz con forma de uve invertida, demasiado parecida a la de mi hermano Joaquín para ser una casualidad.
Un nudo en el estómago se elevó hasta mi garganta haciéndome brotar todas las lágrimas que no había derramado durante su fingido sepelio, sin cuerpo, por haber quedado atrapado en el Himalaya tras un alúd.
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