Entre luz y tinta

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140645067.y-tu-de-quien-te-fias.html Antonio de Rosa

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LA LÁPIDA

Me sorprendió ver aquel nombre grabado en la lápida. Había pasado muchas veces por aquella calle en el camposanto, pero estaba seguro de que aquel nombre no estaba allí antes. Y me sorprendió porque era el nombre de mi mejor amigo.

También era su fecha de nacimiento, por lo que no cabía duda. Lo extraño era lo de su muerte hacía unos días. Aquello no encajaba. El pueblo es un lugar pequeño y una muerte joven corre como la espuma.

Hice lo más lógico. Cogí mi teléfono móvil y llamé a Alejandro, mi mejor amigo. Cuando dio más de diez tonos pulsé el botón de colgar. Era extraño, él solía coger siempre mis llamadas, y si no podía hablar, me citaba para más tarde.

Me preocupé, pensé que estaría haciendo algo importante. Decidí mandarle un mensaje por wasap. Miré con ansia los tics para ver si cambiaban a azul. Lo hicieron y vi que estaba escribiendo.

«No puedo hablar» respondió.

Me tranquilicé, pero segundos después, siguió: «es peligroso». Abrí mucho los ojos. Unos instantes después un nuevo mensaje: «para ti también».

No entendía nada.

¿Qué podía ser aquello peligroso de lo que hablaba Alejandro?

Que yo supiera no estaba metido en nada extraño. Perdimos un poco el contacto los últimos meses, desde que cambió de trabajo, si hubiera tenido un problema me lo habría contado.

No insistí. Decidí ir a su casa. Las distancias en el pueblo no eran grandes. Cuando llegué y llamé, abrió su madre. Teresa tenía los ojos enrojecidos por el llanto y vestía de negro. Al verme se me abrazó y comenzó a llorar de nuevo.

—¡Ay, Antonio, qué desgracia!

—¿Cómo no me habéis dicho nada?—pregunté.

—Lo trajeron directo al cementerio, antes de ayer. Aún no lo he asimilado. Ni me dejaron verlo. A una madre no se le hace eso—dijo sollozando.

Aquello me tenía escamado. Lo traen rápido, no dejan que la madre lo vea y lo entierran sin más.

Algo no encajaba en aquella historia. Pregunté:

—¿Estás segura de que era él?

Una sombra de duda apareció en su rostro. Pronto se deshizo de ella.

—¿Y quién iba a ser si no?

Tampoco tenía mucho sentido entregar un ataúd a una madre con un cuerpo extraño.

—Además, no daba señales, ni al teléfono ni mensajes.

No quise decirle que a mí sí me había respondido. Quise indagar más:

—¿Quién lo trajo?

—Gente de su empresa. Uno de ellos parecía muy afectado. Decía ser amigo suyo, aunque yo no lo conocía ni Alex me había hablado de él.

—¿Recuerdas el nombre?

—Marcelo dijo que se llamaba.

A mí ese nombre no me sonaba de nada. Había algo raro y me dispuse a averiguarlo. No podía dejar a un amigo ni a su familia así. Pedí a Teresa el nombre de la empresa y me fui a casa a indagar por internet.

Encontré un teléfono y pregunté por él. Dijeron que hacía días que no sabían nada de él, raro porque nunca faltaba. No dije nada más.

Entonces llegó un mensaje de Alex: «quedamos a las 6 en el inicio de la calle Acebuchosa, en el polígono».

Quedaba una hora. Estuve ansioso hasta que unos minutos antes me fui hasta allí. No sabía si me encontraría a Alex o a otra persona, pero debía ir.

Llegue. Nadie. Una furgoneta oscura de cristales tintados paró a unos metros de dónde estaba.

Alex se bajó del vehículo junto a otro hombre. Me dijo:

—Esto es complicado, Antonio.

—Inténtalo, seguro que lo entiendo.

—Les debo mucho dinero a estos señores—dijo mi amigo.

El otro estaba serio y no decía nada. Alex siguió:

—Necesitan el dinero o algo a cambio de él.

—Pero, ¿cómo debes tanto?—dije, incrédulo.

—Un tema de apuestas que se me fue de las manos. Y ahora necesitan órganos para la hija del jefe. Es complicado.

—Tengo algo ahorrado. Te lo puedo prestar.

La carcajada de Alex resonó en aquel lugar amplio con cocheras cerradas.

—Ya te gustaría tener ese dinero, Antonio.

—Quiero ayudar—dije yo.

—Y vas a ayudar—me dijo.

Se bajaron de la furgoneta otros dos tipos, altos y vestidos de negro.

También bajó Teresa, con el gesto menos compungido que hacía una hora.

—Lo siento—dijo ella.

Los hombres me agarraron y subieron a la furgoneta a empellones. Alex tenía el rostro serio, pero a la vez, aliviado.

Se agarró a su madre y se cerraron las puertas del vehículo.

El tal Marcelo se volvió desde el asiento del copiloto y me preguntó:

—¿A ti no te sobrará ningún órgano?

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