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Fotografía: ddzphoto para Pixabay
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LA TUMBA DEL ENTERRADOR
Aquel día, como tantos sábados desde hacía más de cinco años, nos propusimos un reto. Atrás quedaron los chupitos de whiskey cuando teníamos 16 años, o aquello de declararnos ante alguna chica al azar. Hasta llegar a retos más fuertes y que aquel juego no se hiciera aburrido. Comenzamos a cruzar la vía antes de pasar el tren, o tocarlo mientras pasaba. Saltar a la piscina municipal por la noche y bañarnos justo después del tratamiento con cloro. Cosas de chavales inconscientes.
Fue Andrés quien propuso lo del cementerio. A mí no me hizo ninguna gracia; una cosa era bregar, lidiar y reírse con los vivos y otra muy diferente molestar a los muertos.
Para que no me tacharan de pringado accedí.
El plan era sencillo. Saltar el muro, ir hasta la tumba del anterior enterrador, subir a la misma y gritar: ¡A qué no me pillas! Sencillo, rápido y chute de adrenalina. Algo tonto e inocente.
El problema era yo. Mis amigos eran todos ateos. Yo vengo de una familia muy religiosa y se tiene mucho respeto por los difuntos. Por eso, la noche anterior no concilié apenas el sueño. Durante el día estaba nervioso y pensé varias veces en llamar y desistir. Pero no quería que pensaran que soy un cobarde.
Así que salimos de fiesta a la hora fijada. Comenzamos con cervezas, aunque a mí no me entraba nada. Siguieron las copas y logré tomar alguna para ponerme a tono. A las 3 de la mañana llegó el momento. Emprendimos nuestro camino al cementerio. Me sudaban las manos a pesar de ser pleno enero. Un hilillo resbalaba por uno de los agujeros de mi nariz y no tenía ganas de chanzas con mis colegas.
Llegamos a la puerta principal. Cerrada. Aunque los sabíamos había que intentarlo, sobre todo por hacer más fácil la salida. Decidimos saltar por un lateral. El muro tenía una especie de puntas de lanzas muy fáciles de salvar, seguramente para disuadir a los gatos.
Apenas me costó esfuerzo, aunque mis manos resbalaban sobre la piedra, fría como un témpano. Estaba en mejor forma física que mis amigos, pero un extraño nudo se me formó a la altura del esternón. No podía tragar saliva y la boca seca tampoco ayudaba. Esperé a mis amigos y fui tras ellos por el pasillo central hasta la tumba del enterrador. El camposanto no era muy grande, propio de un pueblo pequeño, pero entre el centro y el muro había unos cien metros. Llegamos a la tumba justo en el momento en que comenzaron los ruidos. O a lo mejor comenzaron por llegar nosotros hasta allí. Mis presagios se confirmaban: teníamos que habernos quedado de fiesta.
Miré hacia los lados para intentar reconocer de dónde procedía el sonido. Las cruces e imágenes de las tumbas, recortadas en la poca claridad que proporcionaba la luna, no ayudaba a tranquilizarse. Uno de mis amigos dijo: «Dejarse de rollos que ya de por sí da mucho cangue». Todos insistimos en que no estábamos haciendo ningún ruido. Aun así, dijeron que había que seguir. Pensé que cuánto más rápido lo hiciéramos antes saldríamos de allí. Fui el primero en subir y gritar: ¡A que no me pillas! El primero y el único porque cuando bajé y comencé a correr ya me llevaban casi cincuenta metros. Alcancé el muro cuando el último ya había pasado. Oía el sonido de mi respiración y los latidos batiendo con fiereza en mis sienes, mi corazón salía por la boca. Trepé el muro y pasé una de las piernas. Cuando me dejé caer algo me agarró por la espalda. Me quedé quieto y no fui capaz de gritar para que mis amigos me esperaran. Seguían corriendo y desaparecían en la oscuridad de la noche, recortándose en las primeras casas blancas del pueblo. Paralizado como estaba acerté a decir:
—Déjame, hombre, solo era una broma.
Seguí hablando durante un rato, no sé cuánto tiempo pasó. El cansancio de casi no haber dormido la noche anterior y los nervios habían hecho mella en mis fuerzas y perdí la noción del tiempo.
Por el este se vislumbraban los primeros rayos de sol y la claridad comenzó a ceñirse en el lugar. Me armé de valor para mirar sin pensar en lo que podía ver en aquel lugar y después de haber hecho aquella travesura. Poco a poco giré mi cuello para ver cómo mi jersey se encontraba atrapado en una de las puntas de lanza del muro. Solo acerté a decir:
—Con que eras tú. Vaya susto que me has dado.
Me desenganché y, al bajar, noté que una mano huesuda me agarraba del cuello.
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