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EL CAMINO QUE LLEVA A BELÉN
En cuanto se fue Andrés comencé a caminar por el estrecho sendero de arena. Tenía que avisar a todos de la noticia. Me crucé con el panadero, al que di los buenos días, como me habían enseñado. A pesar de ser un pastor había tenido una buena educación: todos en el lugar se habían encargado de hacerme ver lo importante que era la formación para ser alguien en la vida. Al pasar junto a un agricultor que araba con las riendas atadas a dos bueyes, le pregunté por el tiempo que haría en mi camino hasta el establo. Me dijo que me abrigara porque haría frío. Me subí el cuello de la chaquetilla forrada de borreguito y le di las gracias. Pude observar, desde la lejanía y recortados en el horizonte, varios camellos; sin duda sería los magos que iban a adorar al niño. Un río que resplandecía como la plata se interpuso en mi camino. Lo crucé por un pequeño puente de madera mientras miraba a los patos, que se reflejaban orgullosos en el pequeño lago que se formaba río abajo.
Una estrella muy luminosa me mostró la cercanía a mi destino. Varios pastores que se hallaban alrededor de un fuego me dieron la bienvenida y me ofrecieron viandas, que rechacé agradecido.
Al llegar pude ver a María y a José a tan solo unos pasos. El niño se intuía en el pequeño pesebre, tras el que había un buey y una mula.
Un ruido nos sobresaltó; el ángel que presidía el portal señaló tras de mí. Me di media vuelta y pude ver a Andrés acercarse. Todos nos quedamos quietos en el lugar. Se acercó y me tomó entre sus manos. Me habló:
—¿Cómo has llegado hasta aquí? Juraría que te puse hace un rato más allá del río.
Impasible, me quedé quieto mientras me soltaba de nuevo. Ahora solo esperaba que esta vez me dejara más cerca del portal.
LA LLAMADA A SANTA CLAUS
Salieron a la puerta de la casa. Noche fresca . En el campo hiela.
El tío Eduardo enciende cohetes para llamar a Papá Noel. Los niños, ilusionados, miran los destellos brillantes asombrados.
Falta el abuelo, los pequeños no reparan en ello obnubilados con los fuegos.
Los últimos destellos de los rastreros, girando y ascendiendo poco a poco, dan paso a dos más ruidosos, la llamada final a Santa Claus.
En la oscuridad, a veinte pasos de la puerta, aparece, tras una pared medio derruida, un bulto rojo y blanco que los niños identifican con Papá Noel.
El sonido de la campana fascina a los niños que no paran de mirar la bolsa roja con regalos.
Santa comienza a hablar, los adultos se miran confusos. ¿El abuelo se disfrazó para entregar los regalos? No lo parecía.
Entregó los regalos. Desapareció.
Entraron en la vivienda. El abuelo dormitaba frente a la televisión.
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