Entre luz y tinta

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181505219.el-album-de-fotos.html Antonio de Rosa
an open book laying on top of a zebra print blanket
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Photo by Anne Nygård on Unsplash


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Hola, soy Antonio de Rosa:

Esta semana he querido volver a algo más íntimo. Ya sabéis que a veces los relatos salen por necesidad, como si uno tuviera que sentarse a mirar una caja antigua que llevaba demasiado tiempo olvidada. Este viene de ahí.

Os dejo el cuento y, al final, un breve consejo de escritura relacionado con él.


EL ÁLBUM DE FOTOS

Ayer me acerqué a ver a mi madre. Después de charlar un rato subió hasta una habitación a modo de buhardilla. Al poco apareció con una caja de cartón polvorienta.

—Mira lo que he encontrado en la buhardilla. Es tuyo.

Dentro había juguetes rotos, libretas del colegio y, en el fondo, un álbum azul con las tapas de tela gastada. Me lo tendió con un gesto de cariño.

—Son fotos tuyas de niño.

Lo abrí con cierta emoción. La primera página mostraba mi primera comunión, yo con un traje demasiado grande y una sonrisa forzada. Después, veranos en una playa de Fuengirola, cumpleaños rodeado de primos, excursiones escolares. Todo normal.

Pero a mitad del álbum algo cambió.

Aparecieron fotos que no recordaba. En una estaba en un parque que no conocía, montado en un columpio oxidado. En otra, sentado en el porche de una casa extraña, con un balón en las manos. Más adelante, en la orilla de una playa que jamás había pisado.

Lo más inquietante era que en casi todas aparecía, al fondo, una figura. A veces apenas un perfil; otras, la silueta completa. Siempre un hombre alto, vestido de oscuro, mirando en dirección a la cámara, pero con la cara desenfocada.

Sentí un escalofrío.

—Mamá, ¿dónde se hicieron estas fotos? —pregunté.

—Tu padre las hacía casi todas —respondió distraída, doblando ropa en la cocina.

Se me heló la sangre. Mi padre había fallecido cuando yo tenía nueve años. Sin embargo, en esas imágenes yo aparecía con diez, once, incluso doce años.

—¿Estás segura de que son de papá?

—¿De quién si no? Nadie más te fotografiaba. Estaba enamorado de su cámara Kódac, no se la dejaba a nadie.

Pasé página tras página con creciente ansiedad. Mi yo infantil sonreía en cada foto, ignorante de aquella presencia oscura detrás.

Llegué a la última hoja.

Era distinta: la foto estaba revelada en blanco y negro, como hecha con una cámara mucho más moderna. Y lo que vi me dejó sin respiración.

Era yo, sentado en el sillón de mi salón, con una ropa muy parecida a la que llevaba en ese instante.

Y tras de mí, apoyado en la pared, la figura oscura, nítida esta vez, mirándome fijamente. Creí reconocer aquella cara, aunque no le ponía nombre.

Cerré el álbum de golpe.

El silencio de la casa se volvió espeso, insoportable. Me giré, instintivamente, hacia la pared de mi salón. No había nadie.

Entonces escuché el chasquido seco de un obturador.

Venía de detrás de mí.

Salto del sillón y me encaro a la persona que está haciendo la foto. Intento atacarlo, pero es más alto y fuerte que yo y me reduce rápido.

—Tranquilo, hermanito —oigo decir.

Me fijo y veo a mi hermano mayor con la cámara de mi padre alrededor del cuello. Ahora reconozco a la persona que está conmigo en la última foto.

—¿Y estas fotos? —le pregunto aturdido.

—Antonio, tienes lagunas de memoria desde que tuvisteis el accidente. Es posible que no recuerdes algunas fotos de esas.

—¿Qué accidente?

Mi hermano cruzó su mirada con la de mi madre, que la había levantado del montón de ropa que ordenaba. Negó con la cabeza.

—En el que murió papá, ¿tampoco lo recuerdas? —dijo mi hermano enseñándome la cámara de fotos Kódac.


Un apunte personal

Hay relatos que, sin grandes artificios, tocan un nervio antiguo. Este, más que inventarse, parece que se abre solo. La memoria es traicionera, sí, pero también es creativa. Rellena huecos, resucita sombras, borra lo que duele y acentúa lo que no ocurrió. Y ahí, entre lo olvidado y lo imaginado, la ficción encuentra terreno fértil.


Tip de escritura de la semana: Juega con la memoria rota

Los relatos que se apoyan en lagunas de memoria funcionan bien porque nos permiten tres cosas:

1. Ocultar información sin engañar al lector.
No es el narrador quien manipula: es su recuerdo el que ya viene manipulado de fábrica. Eso te da margen para un giro final honesto.

2. Crear tensión sin artificio.
Cuando el protagonista no recuerda algo, el lector se convierte en detective. Las fotos, los objetos, las miradas ajenas… todo gana peso simbólico.

3. Introducir lo inquietante desde lo cotidiano.
Un álbum, una casa familiar, una voz conocida. Lo doméstico es el mejor escondite para lo perturbador.

Y ahora te traigo algo nuevo, a modo de reto. Si lo haces, me lo envías a mi correo electrónico y te daré mi opinión sobre él y, aunque no soy de dar consejos a nadie sobre cómo escribe, sí te daré algunos aspectos técnicos que te harán mejorar.

Ejercicio breve:
Escribe una escena en la que tu protagonista encuentre un objeto que debería recordar… pero no puede. No expliques por qué. Deja que sea el lector quien intuya la verdad.


Para terminar, te cuento que ya está en la Casa del Libro mi nueva novela «El predicador». Te dejo el enlace aquí abajo por si te la quieres pillar. Y nada más, nos leemos por aquí si decides aceptar el reto y, si no, el lunes próximo.

Antonio de Rosa

El predicador


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