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¡AL CARAJO!
Le habían mandado al carajo.
La culpa era suya, y no era la primera vez. Su comportamiento con los demás marinos era siempre beligerante, constantes disputas que siempre acababan con él subido a la canasta del palo mayor de la Santa María. El almirante lo mandaba allí para que se tranquilizara y porque era un buen marinero. No quería que en una de esas peleas le dieran un navajazo y hubiera que tirarlo por la borda, o comérselo. Porque otra cuestión era la falta de alimentos en las carabelas. El genovés había calculado mal e iban casi seis meses de travesía sin ver tierra. Ya no quedaban ni ratas en la bodega, todo animal viviente había perecido para servir de alimento a la tripulación. Los rostros se veían cada vez más consumidos y los amagos de motín eran disuadidos por Colón con celeridad, prometiendo riquezas para todos.
Se había enrolado porque trabajando en los molinos de Triana tenía poco futuro. Había ocupado un puesto en la casa de Contratación, como piloto, lo que le había valido para ocupar un cargo medio en la Santa María; pero su mala bebida primero y las constantes trifulcas después, le habían degradado a pasar días y noches en el carajo del barco, mirando el mar, cansado y hastiado de ese viaje a ninguna parte que les estaba costando la vida.
La noche, negra como la pez, dotaba de una paz inusual a la nave. Todos dormían. Todos excepto él. Creyó ver luz al fondo, desdibujada en el posible horizonte, pero sería una alucinación, como tantas veces.
El amanecer violáceo acudió mientras estaba en duermevela. Somnoliento vio recortarse en ese horizonte difuso algo que no era mar.
—¡Tierra, tierra!—gritó Rodrigo de Triana.
¿CUÁNTO AGUANTAS BAJO EL AGUA?
Habría sido insufrible ver a ese pedazo de cachas haciéndole el boca a boca reanimándola.
—Te gustaría que te hubiera rescatado a ti, que una ya te conoce. Y que te salvara, claro.
—¡Es que una no es de piedra, chica!
Seguían observando la escena. El cuerpo inerte de la joven, bocarriba, esperando la llegada del juez. A su lado, el socorrista, con un ataque de ansiedad tan grande como los bíceps de sus brazos, sentado en una silla, abatido.
—¡Qué tierno parece, ahí sentado! Tenías razón, más de dos minutos bajo el agua y no hace falta reanimación.
Para terminar este boletín quiero compartir la historia, documentada, de cómo transcurrió el viaje en el que Cristóbal Colón descubrió América, y, sobre todo, un acercamiento a la biografía de este personaje tan enigmático. Clica en el enlace o en la imagen para saber más.
CRISTÓBAL COLÓN: DE OFICIO, DESCUBRIDOR
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